ANTONIO PAPELL
Como bien recordarán quienes siguieron el debate económico del pasado miércoles, en un cierto momento, a lo largo del cara a cara entre Zapatero y Rajoy, éste vino a decir que el gran objetivo de esta hora era generar actividad para crear empleo, a lo que el presidente del Gobierno respondió que, a su entender, lo más importante hoy es socorrer a los damnificados por la crisis.
El episodio tuvo tintes de déja vu, de discusión antigua, pero a algunos nos resultó reconfortante. En unos tiempos en que el pragmatismo todo lo invade, en que los grandes vectores doctrinarios y utópicos han periclitado (felizmente), en que la modernidad del pensamiento débil (Vattimo) ha dado paso a una posmodernidad fluida (Bauman), la recuperación de los matices ideológicos es, sin duda, una buena noticia. Entre otras razones, porque el debate entre dos opciones políticas enfrentadas mediante argumentos racionales resucita la democracia –la ciudadanía descubre una inédita libertad de elegir que ya no se basa exclusivamente en liderazgos personales sino también en contenidos programáticos– y reaviva la dialéctica creativa que da sentido al parlamento.
Lo cierto es, sin embargo, que las dos opciones en liza son híbridas y mestizas y se mueven en el magma central del espectro. Pero el Gobierno, que se reivindica de izquierdas –Zapatero invocó desde la tribuna el concepto de socialdemocracia–, apuesta ahora por incrementar la presión fiscal cuando las arcas están exhaustas para –se dice– poder dar cobertura a los desempleados y garantizar la paz social; y ello a pesar de que las mayores cargas pueden comprometer el anhelado despegue de la economía. El PP, en cambio, entiende que la decisión de subir impuestos intensificará la recesión; en definitiva, para Rajoy, la mejor política social que hoy puede practicarse es la de fomento del empleo.
En la realidad, las dos posturas no están tan alejadas como parece. Y ambas desoyen por igual las recomendaciones de las instituciones internacionales (FMI, OCDE, G20, Comisión Europea) que no creen que sea hora de subir impuestos pero tampoco de recortar gastos ni de retirar los estímulos a la reactivación. Como es evidente, la política ideal, a juicio de los expertos, encierra una grave contradicción intrínseca: habría que seguir aplicando medidas keynesianas aunque sin imponer mayores cargas a los agentes económicos. ¿De dónde se supone que habría de salir el dinero?
Así las cosas, y ante situaciones de grave deterioro de la actividad económica, la mejor terapia no consiste por tanto en depurar las recetas de uno y otro signo sino en generar un intenso debate que aclare las ideas y, a partir de él, en buscar zonas de consenso con el ánimo de infundir confianza. Es notorio que determinados elementos de la crisis, como el consumo o la inversión, son extraordinariamente sensibles a esos factores psicológicos.
En consecuencia, tras el plausible debate de ideas que escenificaron el miércoles Zapatero y Rajoy, lo mejor que podría ocurrir sería que, mientras sigue la controversia, los dos principales líderes escenificaran algunos consensos en materias concretas. No parece dudoso que el logro de acuerdos en educación, energía o contención del gasto público en las tres administraciones otorgaría oxígeno a esos polémicos brotes verdes que algún día han de convertirse en frondoso follaje.