J. VIDAL VALICOURT
Era de esperar. Tenía, tarde o temprano, que ocurrir. Me refiero al caso del periodista brasileño Wallace Souza que, ni corto ni perezoso y con la intención de lograr más audiencia para su programa, se dedicó a cometer asesinatos con el objetivo de grabarlos en directo. El tipo había urdido un plan para cargarse a la gente. Luego, cámaras en ristre, se dedicaba a dar testimonio de esos crímenes cometidos por su equipo de televisión o, mejor dicho, por su banda de sicarios. Todo sea por la sacrosanta audiencia. La obsesión por arañar unos cientos o miles de telespectadores puede conducir a esa clase de aberraciones. Éste es un claro ejemplo de idiotismo moral llevado al extremo, a la exasperación. Si no hay noticias, hay que crearlas, y bien es sabido que la noticia en sí no existe, sino que hay que fabricarla. La noticia también puede ser una ficción. Eso sí, una ficción que acaba en muerte televisada y comentada. Siempre me ha llamado la atención la frialdad y buen pulso de ciertos periodistas que no son capaces de mover un músculo mientras delante de sus narices o cámaras están acribillando o apaleando hasta matarla a una pobre víctima. Su celo profesional parece impedirle intervenir para salvar esa vida. Lo importante es el documento, que será visto por millones de espectadores. Sin embargo, Wallace Souza ha llevado el celo de su profesión excesivamente lejos. Asesinar con la delirante intención de grabar en riguroso directo cómo un tipo se desangra o emite sus últimos estertores delante de la cámara impasible. Tenía que ocurrir. Es incluso lógico que así haya sucedido, pues tan sólo se trataba de afilar aún más esa obsesión por el sensacionalismo de baja estofa. Faltaba la muerte. Es decir, fabricarla para que el espectador pueda contemplar la agonía en directo, que es asunto que da mucho morbo, abre el apetito y ayuda a conciliar el sueño. En efecto, una buena dosis de sangre fresca. Todo sea por el lema en cuestión: está pasando, lo está viendo.
Ya no hay distancias temporales. Nos habíamos acostumbrado a asistir a las catástrofes una vez ocurridas, con los cadáveres esparcidos por las carreteras o las calles de cualquier ciudad arrasada. Muerte diferida. Un aburrimiento, oiga. Había que dar un paso más, dar otra vuelta de tuerca –insisto, lógica, aberrantemente lógica, pero lógica al fin y al cabo– que consistía en presenciar lo que nunca antes habíamos presenciado. Un programa especializado en grabar la muerte en directo. La patología de la audiencia puede llevar, sin duda, a trastornar la mente de un periodista excesivamente aferrado a su trabajo, cegado por ser el líder. No sé si Souza lo ha conseguido.
Lo que sí, en cambio, ha logrado es que la prensa hable de él. De algún modo, ha conseguido la popularidad que tanto ansiaba, que de eso se trata para individuos como él. Como Eichmann y tantos otros, Souza también piensa que él sólo cumplía con su trabajo y lo desarrollaba con la máxima eficacia. Banalidad del mal, lo llamó Hannah Arendt. Peligrosa imbecilidad, podemos llamarlo desde estas humildes líneas.