JOSÉ E. IGLESIAS
El proyecto de humanizar Palma con la instalación de la red de carriles de bicicleta no es una mala idea en sí, sólo que llega en el peor de los momentos: el comienzo del curso escolar. A los conocidos y a veces insufribles atascos que se dan a las puertas de los centros y zonas adyacentes se suma ahora, sin alternativas conocidas, una reducción de espacio para el tráfico rodado que provocará más colapsos y, por ende, redundará en el cabreo de los ciudadanos y su divorcio con los gestores públicos. Estamos ante un error político que puede dar al traste con un plan de modernidad urbana, como en su día sucedió con la enterrada ecotasa, que viéndola factible una mayoría de ciudadanos (recordemos que el PP quiso poner después el impuesto sobre el alquiler de coches, enterrado a la primera crítica) pasó a mejor vida por su pésima gestión y por la crisis económica del momento elegido, llevándose con ella al primer Pacte de Progrés.
Al mismo tiempo, la polémica recuerda un poco a la que se suscitó entre los palmesanos con el Parc de la Mar, que si no hubiera sido por la clarividencia del equipo de gobierno de entonces ahora tendríamos una gran explanada de aparcamiento de coches y autobuses en vez del magnífico parque. La mayor parte de los viajeros que regresan de ciudades donde la bicicleta está ampliamente instalada, y su uso más o menos generalizado, se deshacen en elogios hacia este medio de paseo y transporte. Es más, me atrevería a decir que no hay ciudad turística que no se lo plantee, en la línea de hacer más sostenible el desarrollo de los núcleos urbanos. ¿Y por qué no aquí, donde confluyen condiciones y necesidades de uso? Una de las críticas más en boga proviene de una falta de miras de tinte provinciano: "Es que aquí tenemos una cultura de ir en coche a comprar el pan". Y en Girona y en A Coruña y en Toledo y Bilbao y... La misma razón se arguye en todos los lugares donde no existe esta infraestructura y posiblemente se haya argüido en aquellos que hoy la disfrutan y que tanto ensalzamos.
Vayamos al principio. La idea de la bicicleta en sí a nadie molesta, más bien lo contrario: tenemos una ciudad sin demasiadas cuestas, cuyo paisaje gana con el recorrido lento, una ciudad cien por cien turística, ruidosa, de alta densidad de tráfico motorizado, en una isla con un cicloturismo in crescendo y que ha perdido el apelativo "de la calma" por mor de una falta de proyección y valentía de los consistorios públicos precedentes. No me he encontrado con nadie a quien no agrade esa proyección idílica. ¿Por qué no caminar hacia ahí? Lo contrario es profundizar en la ciudad motorizada hasta llegar a las tensiones sociales y apatía de las grandes urbes, si no hemos llegado ya.
Los enconos saltan cuando nos planteamos la aplicación de este modelo slow. Desconozco su desarrollo y pormenores y, visto lo visto, seguro que contienen enormes errores de ejecución en tiempo y espacio que debían haber sido subsanados antes de su aplicación, como buscar alternativas al colapso de los colegios reorganizando horarios de forma consensuada, mejorando el transporte escolar, ofreciendo nuevas rutas a los automóviles, etc. El ayuntamiento debería haber empezado por realizar una gran, inteligente y efectiva campaña educativa de uso eficiente de cada medio de transporte, como, salvando las distancias, se hace para pasar de la recogida de basuras tradicional a la selectiva. Con ello se evitarían los comentarios histerizantes, intencionados o no, que hablan de obligarnos a ir al hípermercado en bici o llevar a los tres niños en el correspondiente remolque, por ejemplo.
Todas esas deficiencias de gestión que he citado nos harán la vida más desagradable, aunque sea en nombre de un futuro más humanizado.
(joseiglesiasbarca@gmail.com)