EDUARDO JORDÀ
En una parada de tranvía de Moscú, hace ahora casi veinte años, vi a un anciano que llevaba el pecho lleno de medallas. Cuando el hombre se quiso subir al tranvía, chocó con el estribo y estuvo a punto de caerse. Un pasajero corrió a ofrecerle su ayuda, pero el anciano la rechazó con una sonrisa enérgica y un rotundo movimiento de cabeza. Luego, al fin, el anciano consiguió subir y se sentó en uno de los asientos de madera reservados a los antiguos combatientes en la II Guerra Mundial. Durante unos minutos me fijé en sus medallas, llenas de hoces y martillos y perfiles de Lenin. Me pregunté dónde las habría ganado y qué cosas habría hecho para conseguirlas. ¿Stalingrado, en la que un soldado soviético tenía unas expectativas de vida de tan sólo 24 horas? ¿La batalla de Kursk, el más largo combate de tanques de la historia? ¿O la toma de Berlín?
Unos días después, vi aquellas mismas medallas en las aceras de los bulevares del centro. Los vendedores callejeros las ofrecían junto con gorros de astracán y muñequitas rusas con el rostro de Lenin y Stalin y Brezhnev y Gorbachov. Quizá eran medallas falsas, pero también era posible que fueran auténticas y que los herederos de aquellos veteranos de guerra –o los mismos veteranos– se desprendieran de ellas para vendérselas a los turistas. Detrás de cada una de aquellas medallas había cientos de miles de muertos, pero el veterano de guerra del tranvía, que todavía las lucía con orgullo, sólo había conseguido tener un asiento reservado en el tranvía.
Me he acordado de aquel héroe de guerra ruso ahora que se cumplen los 70 años del comienzo de la II Guerra Mundial. En 1991, cuando lo vi, todavía quedaban muchos supervivientes; ahora los más jóvenes de aquellos combatientes tendrán 90 años. Me pregunto qué dirán esos supervivientes de la histeria con que nosotros nos preparamos para recibir a la gripe A. Lo que vivieron esos supervivientes, lo que hicieron y callaron, lo que oyeron contar o supieron que había ocurrido, fue cien mil veces peor que la historia más atroz que se nos pueda ocurrir; y aun así, dudo mucho que alguno de ellos llegara a quejarse alguna vez. Somos tan distintos, estamos hechos de una pasta tan diferente, que en sentido estricto no nos podemos considerar contemporáneos.
He conocido a alguno de esos supervivientes, y jamás los oí hacer ningún comentario ni emitir una sola queja. En Palma conocí a una mujer catalana, Carme Sarquella, que se había exiliado en la URSS tras la Guerra Civil y que había vivido la batalla de Stalingrado escondida en las alcantarillas de la ciudad. Y todavía vive en Son Roca –y espero que siga bien de salud– el gran José María Aguirre, que pasó cuatro años y medio en el campo de exterminio nazi de Mauthausen y logró salir vivo de allí. Lo primero que oyes cuando hablas con José María es una carcajada, y con una carcajada te acompaña al jardín.
Por desgracia, Carme Sarquella ya no vive en su casita de Son Rapinya. Hace unos diez años la llamé, porque su sobrino Jordi era muy amigo de nuestra familia. "Si vols parlar amb ella, demana-li el que vulguis", me dijo Jordi, así que llamé a Carme y estuve un rato charlando con ella. Empecé recordando a su hermana Francisca, que ya había muerto, y que ha sido una de las mujeres más extraordinarias que he conocido (y por suerte he conocido algunas). Francisca Sarquella también había vivido la guerra en la URSS y había perdido a su marido, que murió en Crimea luchando contra los nazis. Carme había tenido mejor suerte, aunque le había tocado Stalingrado, la batalla más sangrienta de la Historia. Hubo un momento, durante la conversación, en que ya no me pude resistir, y entonces le pregunté a Carme por sus recuerdos de la batalla. Se hizo un silencio súbito al otro lado de la línea. "Perquè vostè va viure allà, ¿no?", insistí con modales de paparazzo. El silencio se hizo más denso, más inescrutable. Por un segundo imaginé a Carme Sarquella, una joven maestra de veintipocos años, apretujada entre cientos de personas ateridas en las alcantarillas, a cuarenta grados bajo cero, mientras el VI Ejército alemán combatía casa por casa y Stalin daba la orden de fusilar a todos los que retrocedieran un palmo. "Perquè vostè…", insistí. No hubo más palabras, sólo el mismo silencio interminable. "El horror, el horror", decía en su agonía el agente colonial Kurtz. Pero no creo que haya nada comparable a aquel silencio.