PEDRO VILLALAR
Jordi Sevilla se ha ido de la política a la empresa privada. Su marcha no ha sido sorprendente: quien fue jefe de gabinete de Pedro Solbes con Felipe González y portavoz económico del PSOE tras la llegada de Zapatero en el 2000 no acabó de encajar en los proyectos presidenciales de su jefe de filas. Ministro para las Administraciones Públicas en 2004, fue destituido en la primera crisis, la de 2007, cuando se vio que no era la persona idónea para gestionar el Estatuto de Cataluña. Se dijo entonces que se dedicaría a la política valenciana, pero Ferraz pensaba otra cosa. En los últimos tiempos, Sevilla, diputado por Castellón, ha mantenido una meritoria actividad periodística a través de sus artículos económicos dominicales en Madrid y de su propio blog en Internet. Ha criticado con sensatez al Gobierno, ha marcado pautas, ha analizado con inteligencia la coyuntura. No resultaba posible ocultar que la buena cabeza de Sevilla estaba siendo claramente infrautilizada por su propio grupo. No es buena noticia que un experto con buenas ideas abandone el Parlamento. Un hecho nada anecdótico que corrobora lo que ya se sabía: que la inteligencia no es una virtud sino un lastre para estar en la política partidaria. Y así nos va.