JORGE MARTÍ
Como nuestro cerebro está más desarrollado que el de cualquier otra especie animal, los seres humanos hemos desarrollado la capacidad del pensamiento abstracto. Ello nos hace racionales, pero no más operativos: a menudo nuestra capacidad de pensar es la que nos impide ver las cosas con claridad. Somos, por lo tanto, oscuros, difíciles y opacos, pero no porque pensemos poco, sino, al contrario, porque le damos demasiadas vueltas a las cosas. Ello no tiene por qué rebajarnos: entre los mejores de nuestra especie, la complejidad de nuestras percepciones o de nuestra no siempre diáfana comprensión del mundo puede ser muy productiva. Piensen lo que hubiera sido de la Historia del Arte sin ese enredo que es nuestra alma y nuestros inútiles esfuerzos por expresarla: todos los grandes creadores se han singularizado, pero no tanto por ser más difíciles que sus semejantes, sino por aceptar y convivir con algo que todos compartimos, pero que la mayoría tratamos de disimular: las rarezas, las inseguridades, el no estar siempre seguro de casi nada, todo ese nutritivo alimento que es la duda, la cual nos hace más humanos y de la cual se alimentan las grandes creaciones artísticas.
Quienes tienen las ideas muy claras, quienes creen tener respuestas fáciles y eficaces, lo que en realidad tienen son pocas ideas y respuestas triviales. Las ideas claras suelen circular demasiado cerca de los tópicos. Sin embargo, como nuestro mundo está en manos de los publicistas –la publicidad se basa en el slogan fácil y simplificador–, tendemos a despreciar al que duda y a aplaudir al que enarbola una frase brillante, por vacío y reductor que sea su contenido. Como todo se vende deprisa y corriendo y todo se resume para que sea más fácil su venta, despreciamos al que, siendo consciente de la complejidad inherente a casi todo, se niega a sintetizar.
Piensen en el mundo de la política: las ideas han sido sustituidas por los tópicos y las inercias y, en consecuencia, los debates de ideas por competir a ver quién la dice más gorda. El programa de debate político más exitoso de TVE es 59 segundos, que parte de la aberración de que el comentarista político o el político profesional que no resuma sus propuestas en menos de un minuto no debería seguir hablando. Supongo que esos 59 segundos son el tiempo que los inventores del engendro calcularon que el español medio es capaz de seguir un razonamiento. Bien. Lo que no está tan claro es que en 59 segundos se pueda sintetizar cualquiera de los problemas políticos que nos conciernen. Desde luego, en un tiempo sensiblemente superior, nadie en el mundo ha sido capaz aún de pensar cómo salir de esta crisis económica que hace casi un año que tiene en vilo a todos los gobiernos y a todos los expertos en política económica del mundo.
Somos complicados, qué le vamos a hacer, y aún es más complejo el mundo que hemos amueblado para vivir en él. Las ideas simples, directas y claras están muy bien para vender un coche, los servicios de una nueva operadora de telefonía móvil que engañará a sus clientes como las antiguas o a un líder político que quiera asaltar el poder sin decirnos qué hará cuando lo logre. Pero las ideas claras no nos explican ni resuelven los enrevesados problemas de nuestro mundo, cada vez más confuso.