JORGE DEZCALLAR*
Todavía no está claro quién las ha ganado pero a mí me parece que hacer elecciones en Afganistán es una buena cosa pues, aunque la democracia es mucho más que elecciones, no cabe duda de que sin ellas no hay democracia. Estamos, pues, en el buen camino y justo es celebrar una buena noticia cuando tantas malas nos llegan a diario de aquellas sufridas tierras.
Lo menos que se puede decir es que la situación allí es complicada. Tras intervenir para derrocar al régimen talibán después del 11 de septiembre, Bush se distrajo con Irak y dejó las cosas a medio hacer en Afganistán. Ahora Obama ha reevaluado las estrategias y en lugar de buscar la victoria final en Irak ha optado por una salida honrosa y escalonada y por concentrar el esfuerzo en que los talibán no se vuelvan a adueñar de Afganistán convirtiéndolo en refugio de criminales. Son objetivos más modestos que el gran diseño ideológico de los neocon cuando pretendían democratizar todo el Oriente Medio. La política exterior es mejor cuanto más realista y menos ideologizada es.
El problema, uno de ellos, es que en Afganistán no todos buscan lo mismo sino lo contrario: los occidentales y algunos afganos quieren un gobierno central fuerte, resultado de la colaboración entre las distintas etnias que componen el país (pashtunes, tayikos, uzbekos y hazaras), que ponga en pie las instituciones de un estado de derecho, que desarrolle la educación, las infraestructuras y el comercio, que combata la corrupción y dé un status digno a la mujer, mientras otros muchos afganos lo que quieren es precisamente lo contrario, que les dejen en paz con su régimen feudal, con sus señores de la guerra –que lo son también de horca y cuchillo– con sus autonomías locales, de raíz étnica, con el cultivo de opio como principal fuente de ingresos y con la mitad de la población sometida a la prisión del burka, a la ignorancia más supina y a los caprichos sexuales de sus maridos, como acaba de refrendar una ley de estos mismos días. Tratando de ser optimistas cabría inferir que si se ha aprobado una ley reforzando una vieja tradición es porque esa tradición se agrietaba, pero eso quizás sea hilar demasiado fino.
Cuando pienso en Afganistán me viene siempre Kipling a la cabeza y su preciosa historia de "El hombre que pudo ser rey", llevada al cine con Sean Connery y Michael Caine. En aquellas tierras se enfrentaron a fines del XIX los imperios ruso y británico en busca del camino hacia la India, en lo que los diplomáticos llamaron entonces el Gran Juego. Los ingleses nunca lograron subyugar a los indómitos afganos en sus montañas polvorientas y tampoco los rusos salieron bien parados cuando en la década de los 80 trataron de imponer allí un régimen comunista sin darse cuenta de las grietas de una ideología que se desmoronó con el muro de Berlín. En esa guerra los americanos apoyaron a los fanáticos talibán, igual que había hecho antes Nasser con los Hermanos Musulmanes y el propio Israel con Hamás. La idea era aliarse con el diablo si falta hacía con tal de segar la hierba bajo los pies de los comunistas en Egipto o de la OLP en Palestina. Luego pasa lo que pasa.
En España el franquismo nos ha dejado una herencia muy mala en política exterior que se manifiesta en la escasa afición de los españoles por cuanto ocurre fuera de nuestras fronteras. Las democracias vencedoras en la II Guerra Mundial veían al franquismo como un superviviente de los fascismos que tanta sangre había costado derrocar y en consecuencia le trataron como a un paria internacional. Los iberos reaccionaron como la zorra de las uvas de Esopo pretendiendo que el mundo exterior no nos interesaba y exigiendo "más Soria y menos Siria", como decimos los diplomáticos. Esto se manifiesta hoy en día con la clase política menos dotada para los idiomas del mundo mundial y en que todavía parece que no nos hemos enterado de que las cosas en el mundo no suceden porque sí sino que suceden –para bien o para mal– porque hay un grupo de países que se esfuerzan y pagan un precio para que vayan de cierta manera y no de otra. Es importante tener esto claro cuando parece que hemos logrado entrar en el G-20, donde se diseñará el nuevo orden económico internacional que ponga al día las viejas estructuras de Bretton Woods. Y también conviene tenerlo claro en Afganistán, donde las cosas todavía empeorarán antes de mejorar y donde hay que estar dispuestos a pagar un precio para que los talibán no vuelvan a convertir al país en un estado fallido, refugio de terroristas de toda laya. Conviene no olvidar que el 11-M mató en Madrid pero fue inspirado desde las montañas afganas porque entonces podremos comprender que nuestros soldados no están en Afganistán para hacer un favor a nadie sino para defender nuestras libertades.
*Diplomático.