EVA ACOSTA
Una comprende que las cosas se ponen difíciles cuando el mercurio parece decidido a salirse del vidrio del termómetro que tenemos en la ventana. Cuando lee titulares que sostienen que todas las mujeres somos un poco Barbie. Cuando oye a la oposición poner el grito en el cielo si el gobierno parpadea o si no parpadea; es decir, cuando oye a la oposición afirmar, indistintamente, que lo último que España necesita es que se suba los impuestos a las rentas más altas o que se congele el sueldo a los funcionarios. Cuando lee titulares que sostienen que los niños son grandes transmisores de enfermedades..., y por eso es preciso vacunarlos a toda prisa de la gripe A. Cuando, tras una dura jornada, enciende el televisor y se encuentra, entre cien partidos de fútbol y como único aliciente, con el careto indescriptible de Steven Segal.
Y como a estas alturas una ha aprendido a no añadir la contumacia al error, una decide huir en el tiempo (ya que en el espacio no puede) y refugiarse en un jardín del siglo XVI. O, para ser más exactos, en una huerta situada en Murano y en los jardines de una villa veneciana, todo ello propiedad del humanista Andrea Navagiero, que, además de bibliotecario, fue amante y editor de los clásicos y embajador de la Serenísima República de Venecia. Precisamente al hilo de su misión escribió un libro de viajes, y la lectura de su Viaje por España constituye un bálsamo en estos días de calor y furia. Su visita a la España del XVI resulta de lo más interesante, pues el viajero se despoja de su manto oficial y se revela como un personaje curioso y gustador de todo tipo de detalles: ingeniería, historia, gastronomía... Es observador y crítico con ciertas costumbres, como las riquezas del clero o la falta de laboriosidad de los españoles, y tan pronto reseña las novedades que llegan de las Indias como se para a estudiar toda ruina romana que encuentra a su paso. Pero su gran pasión, sobre todo, son los jardines.
Mi edición del Viaje (Turner, 1983), añade unas cartas de Navagiero a su amigo Ramusio, escritas también desde España. En ellas alude constantemente a su huerto y a su heredad, y señala que su mayor deseo, a la vuelta de la misión diplomática, es pasar el tiempo allí con sus libros y sus amigos. Por eso le envía semillas y le encarga que le plante árboles para que estén algo crecidos a su regreso. Pero el ideal clásico de una vejez serena y reposada entre amigos y libros no se le concedió a Navagiero. Nada más volver, Venecia lo mandó a Francia, donde murió al cabo de unos meses. Así pues, demos hoy un paseo a la sombra de la enramada de laureles y cipreses de su huerto, que no llegó a ver, y entre los rosales de su finca, donde quería "que todo fuera rosas". A ver si nos llega algo de fresco y de armonía.