MATÍAS VALLÉS
Enterremos el tópico del Palma Arena como obra faraónica. Si descontamos las cantidades distraídas, se trata del velódromo más barato del planeta en proporción a la cifra realmente dedicada a su construcción. Así ha quedado. La perfecta imagen de un contenedor, antes de ser vaciado por el camión de la basura. Oscar Wilde nos recordaría que el crimen de los arquitectos no consistiría en embolsarse más de 1.500 millones de pesetas por la vigilancia de las obras, sino en firmar esa abominación arquitectónica. La estética antes que la ética.
El Palma Arena es tan grotesco que, antes incluso de esposar a los culpables, cabría demandarles un mínimo de sutileza. Los casos de corrupción se caracterizan y desconciertan por su complejidad. Sociedades mampara, testaferros, un elaborado paper trail documental. El velódromo es el robo a gran escala –y a gran escalo– más sencillo de la historia, los participantes han bordeado lo magistral en el noble arte de llevarse el dinero a casa por el camino más corto. Especialistas de Afganistán, Irak y Nigeria se desplazarán a Mallorca, para importar a sus países las técnicas de desvío de cantidades astronómicas sin apenas papeleo.
Convencidos como estamos de que Matas ignoraba los manejos de su cuñado en tormo al Palma Arena –ya es casualidad que el president encargara el velódromo a los mismos arquitectos a quienes su familiar encomendaba la sede del PP, habiendo centenares de colegiados–, la imputación de su entorno al completo dificulta su defensa. El fugitivo siempre puede argumentar que sabía lo que sucedía, pero que le habían amenazado de muerte si lo desvelaba. De nuevo, una conspiración de altos cargos del Govern en su contra, como en Operación Mapau o Bitel. Una mayoría de votantes del PP repudian la actitud de Matas ante la corrupción, pero un porcentaje importante no le perdona que perdiera las elecciones, y considera que la derrota se debe a que sobrepasó la porción de tiempo que un gobernante balear está autorizado a invertir en la solución de su futuro.