DANIEL CAPÓ
Cuando yo era niño me gustaban la astronomía y la arqueología, es decir: lo extraordinariamente lejano y lo extraordinariamente antiguo. De ambas amaba, sobre todo, las narraciones: la vida de Alejandro Magno y de los Césares, las aventuras de Hércules el guerrero, la épica desventurada de Héctor el troyano. Luego, en el cielo, me gustaba ver dibujadas estas historias con sus nombres: la constelación de Hércules, Arturo el boyero, Casiopea y Andrómeda, Júpiter y sus satélites. Recuerdo que admiraba Urano por el color azul del planeta y también Venus, simplemente porque no era tan popular como Marte. Más tarde supe que Venus era considerado, en la antigüedad, un astro demoníaco por ser el primer portador de la luz, que en latín refiere a Lux Fere, esto es: a Lucifer; y, entonces, mi interés venusino decreció un poco. Pero esto era de niño y uno ya no se acuerda de muchas cosas. También piensa uno que de niño, en Mallorca, se era autodidacta o no se era nada y lo que se aprendía era poco y mal.
Poco y mal: a menudo creo que ésta es una de las tragedias de nuestra isla. Por ejemplo, en las escuelas se enseña poco y se enseña mal, de modo que nuestros alumnos no dominan el cálculo, ni la gramática, ni el lenguaje de la poesía, ni los fundamentos de la botánica. Es un ejemplo, claro. El que quiere avanzar, progresa solo, leyendo, diríamos, a pesar del sistema educativo o de la presión social. Pero este es otro tema, por supuesto, y no el que quería tratar al inicio, cuando les hablaba de arqueología y de astronomía, de lo antiguo y de lo lejano. Pienso ahora que lo viejo y lo lejano se tocan en la fragilidad. Y pensaba también que la bóveda celeste es un mapa de mundos muertos, el brillo frágil de un fósil.
Estas son cosas en las que uno no cae de niño, pero que más tarde va descubriendo. Uno levanta los ojos y nombra las estrellas, aquí Vega, allí Altair, la estrella polar, Sagitario y Escorpión, la cruz del norte, el viejo cazador..., y sabe que esta luz que nos ilumina proviene de un pasado que se encuentra a miles, millones, de años luz. Es posible incluso que algunas de estas estrellas ya no existan, devoradas por otras, consumidas en su propia inanición, ajenas siempre al hombre que las observa. Es posible que esta luz que vemos sea ya la de un cadáver –lo digo, al menos, como hipótesis literaria–, el reflejo de una arqueología espacial. Todavía hoy esa vastedad infinita sobrecoge.
Luego vuelvo a mi niñez y compruebo como algunas cosas han mejorado mucho. Quiero decir que, a pesar de tantas limitaciones, nuestro particular mundo se ha ido ensanchando. Están las bibliotecas, está Internet, la labor de los museos, las asociaciones astronómicas, las escuelas de música... Y en esto, al menos en este poco, hemos mejorado.