PEDRO VILLALAR
Los últimos etarras detenidos en Francia, Aitzol Etxaburu, Andoni Sarasola y Alberto Machaín, fueron capturados con cien gramos de hachís en su poder y en el piso en que habitaban se halló más droga. E Iker Esparza, el etarra detenido en París en mayo, fue interceptado mientras venía de un parque donde es habitual la prostitución y en el momento de su detención se encontraba en un profundo estado de embriaguez.
Estos hechos reflejan claramente la decadencia ideológica y moral de la organización terrorista. Los antiguos dirigentes de ETA, gudaris espartanos admirados como héroes por sus partidarios, eran austeros y presumían de ejemplaridad moral. Sus epígonos, en cambio, responden más bien al estereotipo del delincuente mafioso, envuelto en un hálito degradante de corrupción.
No podía ser de otro modo: quienes vituperan los valores democráticos para justificar el asesinato se mueven en los suburbios de la civilización y deambulan por las cloacas ideológicas. Deberían percatarse de ello quienes todavía les dan cobertura social.