LLORENÇ RIERA
Cuando el mercado se debilita, aumentan las presiones y afloran los oportunistas que se aprestan a castigarle con especial severidad en busca de un beneficio fácil y rápido que nunca está garantizado en época de vacas flacas. Con estas perspectivas poco alentadoras se afronta la temporada turística de 2010. Estamos en el momento de fijar los precios para el próximo verano de reservas inciertas y condicionantes inestables dependientes de influencias variantes y mutantes. Los tour operadores, por supuesto, lo saben y aprovechan la coyuntura, como siempre, para arrimar el ascua a su sardina que, en este caso, es ni más ni menos que la exigencia de mayores descuentos en forma de recortes superiores de precios para quienes adelanten sus reservas. Es una negociación que acostumbra a hacerse de un año para otro y que suele verse agraciada con rebajas de entre el 10 y el 15 por ciento. Sin embargo ahora, especialmente los mayoristas británicos, están presionando para que los descuentos, incluso para las reservas que se hagan hasta diciembre, cosa totalmente inhabitual, lleguen al 20 por ciento.
Tal como están las cosas, parece ser que muchos hoteleros estaban aspirando sólo a mantener los precios actuales, ya devaluados, como es sabido. Dificilmente van a conseguirlo porque el mercado y el cliente –los todopoderosos tour operadores– mandan. Todos los indicios apuntan que únicamente los mejores productos de alojamiento conseguirán la ansiada estabilidad de tarifas para la próxima temporada alta. Nadie habla ya de posibles incrementos aplicables a las plazas hoteleras ofertadas y muy rebajadas en la actualidad, con lo que el panorama para 2010 se vuelve poco alentador. Sobre todo si se parte de la afirmación realizada por el presidente de las cadenas hoteleras, Aurelio Vázquez, en el sentido de que 2009 cerrará con una reducción de ingresos del 10 por ciento.
Los descuentos drásticos y continuados que ahora exigen los touroperadores, en su posición de fuerza dominante, constituyen de por sí un atajo peligro. Tanto que puede conducir al precipicio. ¿Dónde está el límite? Esta es la cuestión que debe plantearse con seriedad y en profundidad todo el ámbito turístico mallorquín. Este año han saltado las alarmas al comprobarse, de forma mayoritaria, el todavía decreciente poder adquisitivo de unos turistas de nivel económico muy bajo. Hemos visto a beneficiarios del todo incluido intentando revender productos, adquiriendo elementos básicos por piezas en vez de peso o ingeniándoselas para sortear cualquier tarifa. Mayores descuentos sobre esta clientela no contribuirán a mejorar la situación. Más bien todo lo contrario. Pueden estrangular a algunos establecimientos hoteleros que ven en la apertura de locales a cualquier precio un factor de supervivencia. O para languidecer, en otros supuestos peores.
La abundante oferta complementaria, por lo menos de forma parcial, también se puede ver apuntillada por estos descuentos crecientes que remiten invariablemente a clientes con los bolsillos vacíos. No se ha tomado el atajo certero para dar con el modelo turístico certero y rentable.