FERNANDO PERELLÓ (*)
Conocí a mi amigo sueco de Estocolmo en Cuba. Fidel Castro daba una rueda de prensa en ocasión de la inauguración de un hotel emblemático de la cadena Sol-Meliá. Un periodista español, muy popular en aquella época, se extrañaba de que las impresiones recogidas en las calles de La Habana eran poco halagüeñas sobre la situación económica del país y preguntó al líder cubano cuál era su versión sobre esta divergencia entre lo dicho por unos y lo proclamado por otros. El Comandante le contestó que los españoles tardaron ocho siglos en sacudirse el dominio árabe y que los cubanos sólo llevaban unas pocas décadas combatiendo el bloqueo americano a su país. El que luego fue mi amigo sueco no había captado en toda su intensidad la intencionalidad de la respuesta ni su verdadera valoración en el tiempo, así que le expliqué que en el 711 los árabes fueron requeridos por unos disidentes españoles para luchar contra su rey. Obviamente los árabes aprovecharon la circunstancia para ocupar prácticamente toda la península ibérica y la mitad de Francia. Los franceses con un solo rey en un solo reino y, sin disidentes entre sus huestes, los derrotaron el 732 en Poitiers y les obligaron a retroceder hasta los Pirineos, en la frontera con los españoles.
Carlomagno, emperador de occidente, intentó la conquista de Zaragoza pero fue derrotado por los musulmanes, primero, y por los vascones, ya muy suyos en aquella época, en su retirada en Roncesvalles. Francia quedó definitivamente unida a occidente y España renació en una multitud de reinos más enfrentados entre ellos que combatiendo contra los árabes. Los derechos dinásticos inventados para la ocasión y los intereses territoriales anacrónicos, hicieron las delicias de los musulmanes y les permitieron quedarse entre nosotros durante una eternidad. Para justificarse aprovecharon su larga estancia para dejarnos maravillas culturales como la mezquita de Córdoba o la Alhambra de Granada. La realidad histórica, ello no obstante, es que los franceses tardaron unos pocos años en recuperar la totalidad de su territorio y nosotros ocho siglos. Será tal vez porque ciertos adjetivos con el paso del tiempo se convierten en sustantivos.
Pero este recorrido histórico que tú me cuentas no tiene nada que ver con la realidad actual ¿verdad? inquirió mi nuevo colega sueco en aquel momento. Como no me apetecía contestar a una pregunta tan insidiosa, ni a él escuchar lo que pudiera ser una renuncia a la objetividad histórica, decidimos, de común acuerdo, ir a pescar a la reserva marítima del Comandante en Varadero. La tibia mañana, entre primaveral y estival, ofrecía en sus aguas verdes y azules, vibraciones de luz, con olores dulces y aromáticos que fermentaban el ambiente al paso de las mansas olas. Una caldereta caribeña de langosta con cebolla cambió la placidez de los contrapuestos olores por los más exquisitos sabores. Todo quedó en un recuerdo imborrable para los dos.
Ahora, el pasado recobraba un semblante de presente, pues habiendo sido invitado a pescar me pareció oportuno pedirle a mi amigo sueco de Estocolmo que se uniera a nosotros para disfrutar de un día de mar para pescar. Vino con su cuaderno de notas para contabilizar primero y describir después su jornada de pesca. Mis amigos pescadores acribillaban el aire con sus gritos: pez a bordo, decía uno con voz de tenor y mi amigo sueco anotaba la unidad pero dudaba de su identidad pues al punto oía "una vaca grandiosa". Casi al unisono, otro gritaba "una doncella preciosa". "¡Qué maravilla de tordo!", clamaba un tercero para finalmente oír decir a otro "Este cabrito se me ha escapado". De regreso a casa, mi amigo sueco, previa consulta con su diccionario, me señalaba con sorna "en Suecia, en el mar hay peces". Vosotros tenéis vacas o sea "hembras adultas del ganado bovino doméstico", tordos "aves de pico delgado y negro, lomo gris y vientre blanco", doncellas "personas jóvenes, en particular las que son vírgenes" y finalmente, cabrito "se dice de la persona mal intencionada". O sea que estudiar español en vuestro país, entre vuestra lengua vernácula y vuestras acepciones lingüísticas atrofiadas, es cualquier cosa menos fácil. Así que me voy a la Universidad de Salamanca que me han dicho que imparten cursos de español de mucho valor.
Creo que te sería más llevadero aprender el idioma de nuestras instituciones públicas, le aconsejé. Si, pero esto me obliga a aprender, si voy a Bilbao, el idioma de las instituciones públicas de los vascones y recuerda lo que le pasó a Carlomagno en Roncesvalles.
Sin un mínimo de buena fe no hay ninguna posibilidad de diálogo civilizado, le contesté. Pues, dime tú ¿qué tengo que aprender cuando voy a comer marisco a Galicia, o fabada a Asturias? Pues siempre te queda el recurso de aprender el español que lo habla todo el mundo, aunque sea de contrabando, le dije, pero te advierto que esto está muy mal visto por las instituciones públicas de las comunidades bilíngües, pero allá tú con tu conciencia.
Creo que finalmente optaré por el mandarín, me dijo mi amigo sueco de Estocolmo, dándome la espalda.
(*) Presidente del Cercle
Financer Balear