SEBASTIÀ VERD
El conseller de Salud, Vicenç Thomàs, ha presentado el plan de contingencia para hacer frente a la pandemia de gripe A que, según los cálculos que se manejan, podría afectar a entre el quince y el veinte por ciento de la población de Balears. Uno de cada cinco habitantes, lo que en la práctica significa que no habrá ningún hogar que se libere de este virus que, pese a ser más molesto que mortal, ha hecho que en la OMS se enciendan todas las alarmas. No es la mortalidad sino su rápida propagación lo que mantiene en vilo a las autoridades sanitarias. En muy poco tiempo se ha extendido por todos los continentes y, por supuesto, ha llegado aquí para quedarse, por lo menos hasta que pase en invierno. El plan conocido ayer establece tres niveles de actuación, previendo en el peor de los casos unas seis mil infecciones semanales, lo que supondría reservar seiscientas camas hospitalarias sólo para afectados por el AH1N1 y poner en estado de máxima alerta toda la red sanitaria, tanto pública como privada. Es la primera vez, que recordemos, que el Govern presenta un plan de esta envergadura y que, a su vez, responde a una estrategia que siguen todos los países desarrollados para hacer frente a esta pandemia –la primera del siglo XXI– que en su aterrizaje en México provocó una conmoción mundial. Al principio se consideró cerrar las fronteras en un intento desesperado de evitar el paso del virus, pero pronto se vio la inutilidad de estas medidas. Cerrar aeropuertos o escuelas puede ser aconsejable pero sólo en casos extremos. La globalización tiene, entre otras, estas consecuencias: facilita la transmisión de enfermedades, universaliza las amenazas.
En Mallorca, pese a lo que diga el Bild, los casos de gripe A diagnosticados hasta ahora han sido mayoritariamente de carácter leve. Una mujer nigeriana que hacía poco había llegado a Palma es la única víctima conocida de un virus que, en principio, no entraña más peligro que cualquier otra gripe. Es decir, que se cura con cama y paracetamol. El peligro está en las complicaciones. En la población de riesgo, que es la mayoría, porque jamás ha estado expuesta a un virus similar y carece de defensas. Y también en las siempre posibles mutaciones que, como se temió al principio, conviertan esta pandemia en la peste del siglo. Por fortuna, no es éste el escenario en el que nos movemos. Según las autoridades sanitarias basta con ser precavidos, utilizar pañuelos desechables y lavarse frecuentemente las manos.
Las vacunas todavía no están listas, pero dicen que lo estarán y que habrá para todos. El conseller de Salud asegura que la botica de nuestra comunidad dispone de suficientes antivirales y que nadie que lo necesite quedará sin vacunarse o sin la medicación adecuada. Lo único que se pide a la población es que colabore y no sature innecesariamente los centros de salud. El hecho es que el virus trae de cabeza y está poniendo a prueba los sistemas sanitarios de todo el mundo. Como si se tratara de un ensayo general ante posibles pandemias futuras más graves. Un ensayo en el que Balears participa de manera intensa. Más de doscientas mil personas pueden enfermar y en la gestión de esta gripe se juega algo más que la salud de los residentes. La salud es lo importante, pero detrás está también la economía y el prestigio de la sanidad en las islas. De momento, la gripe nos está llegando en cuentagotas. Quiénes la han pasado se cuentan por centenares, pero pronto se contarán por miles. Otoño va a ser especialmente virulento, por éste y por otros motivos. La epidemia del desempleo se cruzará con la pandemia del AH1N1. Habrá que confiar en que los planes de contingencia no fallen ¿Estamos preparados de verdad?