EVA ACOSTA
Será porque el verano se presta a recoger noticias curiosas, pero la semana pasada nos llegaron dos de esas que sólo se concibe leer a la sombra de una sombrilla y con el abanico hecho prolongación de la mano. Una fue el resultado de una encuesta realizada a los niños españoles para que dieran sus soluciones a la crisis económica. Hubo de todo, claro, pero los medios de comunicación recogieron la que apostaba por una sensatez "adultita" (resumiendo, que se les diera un poco de dinero a los pobres, directamente, y/o que se le diera un poco de dinero a la Iglesia o a una ONG para que éstas se lo dieran a los pobres), y otra que apelaba sin rodeos al mundo de la fantasía; una solución, por así decir, más "niña" y menos redicha: que Harry Potter se hiciera con el manejo del cotarro. Al oír las tiernas vocecillas infantiles que, muy serias, presentaban sus ideas, no sé cuál de ellas daba más que pensar.
De niños iba el asunto. Porque días después vimos en todos los telediarios a un chaval norteamericano cargado de desparpajo que, tras mucho batallar, ha conseguido su sueño de hacerle una entrevista al mismísimo Barack Obama. El crío en cuestión, Damon Weaver, tiene once años y parece el "mini-yo" del presidente USA. Por lo visto consiguió movilizar a todo un sector social, empezando por su clase y llegando hasta las estrellas de la NBA, para que lo apoyaran, pero ahí no queda la cosa. Lo fundamental es que Damon se mueve como pez en el agua en el ámbito audiovisual, da divinamente en cámara y con un micrófono en la mano tiene más soltura que Matías Prats. Supongo las caritas de arrobo del personal que haya seguido el proceso desde sus casas a través de la pequeña pantalla, y haya visto cómo poco a poco el chiquillo iba consiguiendo adeptos y sumando adhesiones hasta lograr verse en la Casa Blanca, estrechándole la mano al dueño de los destinos de medio mundo.
Ante estas criaturas celestiales la primera reacción es dar gracias porque, aunque sea a largo plazo, existe una generación que demuestra tener ideas y voluntad. La segunda es echarse a temblar. Los niños, tanto nuestros españolitos como el americanito, son en cierto modo algo parecido a muñecos de ventrílocuo que los adultos manejan con habilidad. La de Damon es una generación acostumbrada a que sus opiniones se escuchen y se aplaudan casi desde la cuna. Y la cosa preocupa. En este momento ya asistimos, en modos y modas, a la tiranía cotidiana de la juventud; ¿se nos pedirá luego mantener una apariencia no ya juvenil, sino descaradamente infantil, porque serán los niños quienes marquen tendencia física y mental? ¿Tendremos que pasar por las clínicas para parecernos a Hanna Montana...? En fin, a ver si se acaba el verano y volvemos a nuestra rutina de siempre. Si hasta empiezo a echar en falta otro rifirrafe político, por favor...