PEDRO VILLALAR
La ONG Human Rights Watch ha denunciado que Afganistán acaba de aprobar silenciosamente una ley que permite a los hombres negar la comida a sus mujeres si ellas rechazan atender sus demandas sexuales. Igualmente, la mujer tiene prohibido salir de casa o trabajar sin permiso marital, otorga a los maridos y a los abuelos la custodia única de los hijos, legaliza la violación dentro del matrimonio e incluso permite a los violadores eludir la acción de la Justicia mediante el pago de un "dinero de sangre" a la víctima. En vísperas de unas elecciones cuando menos dudosas en aquel país, España, que mantiene en él un contingente militar de 1.250 soldados, encuadrado en una misión OTAN, tiene derecho a preguntarse qué Afganistán se está ayudando a construir. Los "señores de la guerra" siguen dominando el paisaje, el opio continúa siendo la principal industria del país y el islamismo radical e inhumano marca las pautas jurídicas y convivenciales de aquella incipiente democracia. Habría, cuando menos, que debatir en los foros europeos, occidentales y españoles si tiene sentido arriesgar vidas y enterrar grandes cantidades de recursos en una empresa bélica que arroja los resultados que se acaban de describir.