CAMILO JOSÉ CELA CONDE
Me resisto a calificar el auto del Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana mediante el que se ha procedido al archivo de la causa abierta por la sospecha de un delito de cohecho impropio cometido por la máxima autoridad de allí. Y no porque me parezca tedioso el leer las páginas de que dicen que consta sino porque así, a bote pronto y siendo como soy del todo lego en procedimientos judiciales, la impresión de que no voy a entender nada me lleva al desánimo. Ya de entrada, no entiendo qué querrá decir en román paladino eso de cohecho impropio, figura que hace suponer que habrá cohechos de toda propiedad. ¿Será el otro, el ahora archivado, un cohecho que no le pertenece a nadie, que anda en el limbo de las dudas registrales? Algo parecido habrá de ser habida cuenta de dos evidencias que saltan a la vista: la primera que un presidente de una comunidad autónoma no se arriesgará a entrar en materia de corrupciones por dos o tres trajes –ni por media docena siquiera, llegado el caso– y la segunda que las empresas no se dedican a vestir al desnudo, ni aún siendo éste la máxima autoridad disponible, sólo por razones caritativas.
Pero hay más cosas oscuras en este asunto. Como la de las amistades levantinas. Decía Aristóteles que la amistad es la relación más elevada que puede darse entre dos personas, y a ella le dedica un capítulo entero de su Ética a Nicómaco. Pues bien, ni con toda su sabiduría, que era mucha, el filósofo supo definir el sentimiento que une al triángulo compuesto por el señor de los trajes regalados, el que hizo el regalo y el juez que se supone que examinó los indicios sin sentirse desautorizado. Ser más que amigos supone, en términos aristotélicos, ir más allá de lo que está por encima de todo, mecanismo en principio imposible, Pero para terminar de confundirlo, resulta que eso se traduce en que se quieren un huevo, sin mención explícita de ninguna otra parte del organismo amistoso.
Como el panorama da para un cuadro de Magritte con todos sus misterios, no haría falta seguir adelante. Pero cabo hacerlo al constatar que de ese cruce de impropiedades y huevos amorosos saca el partido al que pertenece el trajehabiente la conclusión de que el Gobierno ha dado la orden explícita de perseguir más a los beneficiarios de regalos que a los terroristas de ETA. ¿Cómo lo habrá hecho? ¿Transformando la unidad policial que se ocupa de los etarras en investigadores de bigotes enhiestos? ¿Intimidando a jueces, comisarios y fiscales a que se abstengan de enjuiciar, perseguir y denunciar a los asesinos para centrarse en materia textil? Siento no tener una copia del oficio que habrá tenido que circular a tal respecto porque merecería una lectura aún más provechosa que la del auto de archivo. Y como no la tengo, ni sé de dónde sacarla, me quedo con la confesión de ignorancia y el reconocimiento de incapacidad para entender el asunto. Silencio, pues. Sobre todo teniendo en cuanta que, si digo lo que pienso, seguro que me meto en terrenos delictivos de lo más propios.