JORGE MARTÍ
A veces un buen libro hace más por la promoción turística de un país, una ciudad o una región que las costosas campañas promocionales que pagan con dinero público –es decir, de todos– quienes gestionan estas cosas. ¿Saben?, cuando el dinero que nos gastamos no es nuestro, no necesariamente lo malgastaremos, pero nos dolerá menos hacerlo. Un empresario meditará muy a fondo lo que se gasta en publicidad, pues un error en la promoción, aparte de costoso, puede dar al traste con el producto que quiere vender. Los poderes públicos son menos escrupulosos en esos aspectos publicitarios: piensen en el equipo Euskatel, mantenido con dinero público vasco, que tantas etapas de montaña ganaron en el último tour; vaya imagen para Euskadi que ha representado descubrir sus casos de dopaje.
Por el contrario, algo tan humilde como un simple libro, no escrito para ningún tipo de promoción turística, puede convertirse en el mejor reclamo para el turista. La serie de novelas de Andrea Camilleri protagonizadas por el comisario Salvo Montalbano –apellido que surgió como un homenaje a Manolo Vázquez Montalbán, gran amigo de Camilleri– han hecho más por promocionar Sicilia en el resto de Europa que ninguna campaña dirigida por esa entente entre los poderes públicos y la mafia que gobierna esa isla. El comisario Montalbano, malhablado, malcarado y desbordante de simpatía, con su gusto por el mar –casi todas las novelas de la serie comienzan con su costumbre del baño diario– y su pasión gastronómica por la comida casera y bien elaborada consigue dar tan buena imagen de Sicilia, que a uno le entran ganas de dejar lo que esté haciendo y sacar un billete en el primer vuelo que salga para allá. Camilleri nos seduce y nos vende su isla a pesar del trasfondo de maldad y sordidez que se desprende de las tramas policiales a las que debe enfrentarse su personaje: tráfico de drogas, tramas de inmigración ilegal que traen prostitutas del Este y niños de África para extirparles sus órganos. Detrás de todo ello una isla que se reparten un puñado de familias mafiosas con las que la policía no se enfrenta por miedo o por connivencia. Y sin embargo, Montalbano, incorruptible y desengañado, logra que el lector sea un poco cómplice en su amor apasionado por su isla. Recuerden que no se trata más que de un personaje de ficción que nada cobra por hacerlo. Si fuese real y se tratase, qué sé yo, de un deportista de élite, por ejemplo, que cobra una millonada por promocionar su propia isla, nos lo creeríamos un poco menos, ¿verdad?
Algo parecido ha ocurrido con la Costa Brava y los libros de Josep Pla. Sus inigualables páginas sobre Cadaqués, Palafrugell y sus playas (Calella, Tamariu, Aiguablava, etc.) y, en general, cualquier rincón del Ampurdà han hecho más por la promoción turística de esa maravillosa zona de Catalunya –a pesar de las terribles cicatrices urbanísticas que ha dejado la intervención humana– que cualquier forma imaginable de promoción institucional. Los hostales y las fondas que alaba Pla en sus páginas escritas en los años 30 y 40 aún existen, convertidas en restaurantes de categoría y hoteles de lujo, como, por ejemplo, el famoso Hostal de la Gavina de S´Agaró, que hoy en día es un hotel bastante caro, frecuentado por famosos de todo tipo y anónimos mafiosos rusos.