ANTONIO PAPELL
El carácter insular de Mallorca, que en teoría añade dificultades a las acciones terroristas, ha podido ser explotado sin embargo por los etarras precisamente por la improbabilidad de que las islas fueran escenario de este delirante quincuagésimo cumpleaños de la organización terrorista, que se cumple precisamente mañana y que la banda armada ha querido celebrar como una especie de macabro canto del cisne, el graznido estridente en plena agonía y antes de la consunción. Es de suponer que las fuerzas de seguridad del Estado de Mallorca temían –y estaban prevenidas contra ello– un atentado contra el jefe del Estado, pero es posible que pensaran que a ellas nos les alcanzaba la amenaza de una bomba lapa. Esta confianza, explotada por los verdugos, ha costado dos vidas. Pero más allá de la tragedia del doble asesinato, la insistencia de una ETA muy debilitada en hacer acto de presencia como si le fuera en ello la supervivencia merece una reflexión. Porque las teorías conductistas que provienen de la psicología nos enseñan que los seres humanos, dotados de capacidad de raciocinio pero también de todos los resortes psicobiológicos de supervivencia, terminan abandonando aquellas actividades que no les proporcionan cierta gratificación. Este axioma confirma la capacidad de adaptación al medio de los seres vivos, también los humanos. Según este criterio, quienes forman la organización terrorista ETA deberían haber abandonado ya la violencia, una vez confirmado no sólo que es ya absolutamente inalcanzable el gran objetivo de partida –la independencia vasca arrancada a la fuerza– sino también que las consecuencias inexorables del activismo, la detención y encarcelamiento sistemáticos de los terroristas, no son precisamente gratificantes. Sucede sin embargo que en ETA, como en todos los fanatismos, desempeña un papel eminente el elemento irracional. La fe en la Arcadia vasca de los etarras es en todo similar al sueño del Edén repleto de huríes que mantiene vivo el ímpetu homicida de los islamistas radicales. Y, además, la violencia tiene una inercia intrínseca y perversa que dificulta su terminación. En efecto, si el grupo violento llega a la conclusión de que lo mejor es abandonar las armas, ¿cómo justificarán su biografía los activistas que las han utilizado y han enajenado así sus vidas?
Ésta es, en fin, la situación actual: ETA tiene que ser consciente –la locura y la alucinación no tienen por qué haber extinguido la capacidad de intelección– de que ha perdido absolutamente todas las expectativas fundacionales. Y sin embargo, no acaba de reconocer su situación terminal. Es claro que para romper este impasse, que incluye un perverso círculo vicioso, el Estado –es decir, la sociedad civil y las instituciones democráticas– ya sólo dispone de un camino practicable: ejercer hasta el límite legal el despliegue de la fuerza legítima, intensificar la lucha policial contra ETA y acentuar su aislamiento social.
No cabe duda de que la alternancia que se ha producido en el País Vasco, que entre otras consecuencias ha colocado a la Ertzaintza en perfecta sintonía con las demás fuerzas de seguridad del Estado en la lucha antiterrorista, contribuye grandemente a aproximar la desaparición de ETA. E introduce un poderoso rozamiento suplementario que, por lógica, debería frenar la ya citada inercia de la lucha armada. Lo sensato es, en fin, aprovechar el impacto psicológico del cambio en Euskadi para aplicar toda la presión policial disponible sobre los restos la banda terrorista. Por primera vez, ya no existe ni un resquicio de duda sobre la plena unidad de acción y consiguiente coordinación entre las policías estatales españolas, autonómica y francesas. Vale la pena ensayar el esfuerzo supremo para lograr el colapso técnico de un tumor ideológico que ya perdió hace muchos años su significación.