LLORENÇ RIERA
La capacidad de resistencia, por lo menos en cuanto a ocupación de plazas, de la actual temporada turística en Mallorca, se apuntala desde distintos apoyos y tiene varias interpretaciones solapadas que, a la vista de los resultados que ya va exhibiendo, son altamente preocupantes. Los hoteles y apartamentos mantienen una media de ocupación aceptable y que por lo menos les permite sostener la operatividad y la logística de las instalaciones, pero, ¿a qué precio? Pues prácticamente a precio de saldo y con unos condicionantes y reacciones que ya están causando justificada alarma en el sector hotelero.
Mucho más allá de la anécdota y de la capacidad de inventiva –lindante con el pillaje– de los protagonistas, las informaciones que ofrece hoy este periódico son muy elocuentes y expresivas. Ya no es que buena parte de los turistas vengan con los bolsillos vacíos, resulta que los tienen agujereados. Por eso en los hoteles se presencian escenas próximas al esperpento: beneficiarios del todo incluido que revenden las bebidas en las playas, habitaciones ocupadas por familias enteras, acopio de comida de los buffets que se intenta sacar como nutriente de toda la jornada o compra de alimentos por pieza y no por peso en los supermercados, son sólo algunos de los ejemplos de lo que está pasando o, dicho directamente, de la pérdida de poder adquisitivo de la actual masa turística.
Hablamos de veraneantes que se benefician de atractivas ofertas que les permiten obtener una media pensión por 35 o 25 euros, han llegado con vuelos baratos y que, aún con estas gangas, no disponen de un mínimo de dinero para gastar, no ya en oferta complementaria o servicios alternativos, sino en alimentación básica. Las escenas apuntadas son una afrenta a la dignidad humana de los protagonistas y a la buena imagen y la calidad del turismo balear. Y la cosa va para largo, porque para el próximo verano ya se han contratado plazas con los mismos condicionantes.
Hace tiempo que quedó acuñada la expresión ´turismo de alpargata´ como referente a la escasa capacidad adquisitiva del turismo de masas que, por lo menos en épocas puntuales, se agolpa en algunos puntos del litoral del archipiélago. Ahora, todo apunta a que se ha bajado algunos peldaños más o se ha abierto definitivamente la barrera para dejar paso al turismo descalzo y esa, reconozcámoslo, no es forma de andar por las rutas de la promoción turística ni de allanar el futuro del sector. Tampoco la sostenibilidad de las islas. Entre las grandes medidas y las dotaciones económicas que arbitró el Consejo de Ministros del viernes pasado en La Almudaina y la reconversión efectiva y práctica del turismo balear mediará una larga travesía del desierto que no será fácil ni cómodo cruzar. Desde este perspectiva, sin duda real, no están privados de razón algunos sectores empresariales cuando afirman que los incentivos y las iniciativas llegan con retraso. También es porque más de uno se ha acomodado sobre unos laureles que difuminaban el futuro. Pero más vale tarde que nunca porque no hay alternativa ni elección. El turismo balear debe adecuarse a la realidad y a la competencia. Es vital.