ANTONIO PAPELL
Los hechos son éstos: durante la noche del jueves al viernes, cayó en la zona centro una discreta nevada -no más de diez centímetros-, que no había sido prevista a tiempo por la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET); esta falta de información fue la causa de que los ciudadanos se lanzaran a las carreteras el viernes por la mañana, pensando que la nevada era de escasa entidad; lógicamente, las instituciones que debían hacer frente a aquella inclemencia reaccionaron también tarde (ni dispersaron sal sobre las vías ni prepararon los quitanieves); Madrid se convirtió pronto en una ciudad caótica, y la provincia, en una gigantesca trampa para automóviles; el aeropuerto de Barajas, el más importante de España y uno de los principales de Europa, tuvo que ser cerrado, algo insólito en el mundo aeronáutico; y de nuevo se ha hecho patente la insuficiencia de medios: cuando se escriben estas líneas, la provincia de Madrid continúa colapsada; todas las carreteras secundarias están sin limpiar, y convertidas por tanto en pistas de hielo; cientos de urbanizaciones periféricas están aisladas, así como numerosos pueblos; Barajas sigue siendo un hervidero de transeúntes indignados por los retrasos.
En definitiva, la mala previsión meteorológica -¿para qué mantenemos una onerosa agencia pública, dotada de los mejores medios tecnológicos, si no es capaz de prevenir estos fenómenos, tan naturales en invierno, y de avisar de ellos con la debida antelación?-, la imprevisión política y la insuficiencia de recursos han paralizado buena parte de España. Los inmigrantes centroeuropeos que han asistido a este ridículo colapso se han hecho cruces de la impreparación de este país supuestamente moderno.
Las responsabilidades de lo acontecido en lo referente a la provincia capital son muchas y muy claras: en primer lugar, deberá responder del desastre el Ministerio de Medio Ambiente, del que depende el AEMET, por la incompetencia de este organismo; el Ministerio de Fomento, del que depende AENA -incapaz de mantener las pistas de Barajas en uso a pesar de la nevada, de proporciones perfectamente descriptibles- y en cuyas manos está el mantenimiento de la red estatal de carreteras y autopistas; la comunidad y Madrid y los Ayuntamientos madrileños, empezando por el capitalino, que han fallado en todas las vertientes de su actividad: prevención y solución del problema. Porque setenta y dos horas después de la nevada en cuestión, el tráfico vial continúa seriamente perturbado, al igual que el tráfico aéreo, que aún digiere las consecuencias del cierre durante horas del gran aeropuerto.
El grado de desarrollo y civilización de un país puede ser medido, entre otros parámetros, por su capacidad de enfrentarse a los imprevistos y a las catástrofes. Un terremoto de mediana magnitud produce miles de víctimas en regiones subdesarrolladas y ni siquiera estropea las infraestructuras en Japón, por ejemplo. Y si nos guiamos por este criterio objetivo, tendremos que llegar a la conclusión de que España es todavía un trozo del Tercer Mundo. A veces, oyendo hablar a nuestros políticos profesionales, ya lo sospechábamos, pero la evidencia nos ha corroborado lo que nos dictaba la intuición.