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No merezco tal honor

 
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JOSÉ CARLOS LLOP Uno de los regalos de nuestra infancia fue el productor cinematográfico Samuel Bronston, el hombre que levantó un imperio decorativo que abarcaba, sin moverse de España, tanto la China imperial como la Rusia zarista. Que 55 días en Pekín o Doctor Zhivago, estuvieran rodadas en nuestro país contribuyó sin duda al convencimiento -necesario entonces- de que, desde aquí, se podía recrear el mundo. Nunca olvidaremos a David Niven o a Omar Shariff en casa, pero menos aún el temblor de labios de Julie Christie, o esa mirada suya con la profundidad de los bosques de Rusia y la claridad de los lagos siberianos. Sin movernos de España, repito.
Julie Christie era Lara, la mujer de los poemas de Jivago, su amante. Y Lara -inolvidable tanto en la novela (que leimos después) como en la película- era el trasunto de Olga Ivinskaya, gran amor de Pasternak durante los quince últimos años de su vida -Pasternak murió en 1960 en su dacha de Pereldekino. Guardo unas fotografías del comedor de esa dacha tomadas en los días de la concesión del Premio Nobel, cuando esa concesión en la hermética URSS era tan sólo un rumor y en esa casa un honor. Sobre el mantel de la mesa donde Pasternak y Zinaida, su mujer, reunían a sus amigos, hay platos con fruta y botellas de vodka y otros licores (el escritor era un buen bebedor). Parece un bodegón de la escuela realista rusa de principios de siglo XX. A su alrededor hay sonrisas, cigarrillos, telegramas, algunos amigos que le abrazan. Un gesto tan sencillo como compartir la alegría podía acarrear consecuencias no deseadas. Pasternak era un heterodoxo -educado y escurridizo, eso sí-, respecto al Partido y tras la indignación oficial se estaba incubando la venganza política por un premio que para los soviéticos era una traición. Distintos escritores comunistas ya habían intentado años atrás que la candidatura de Pasternak se descartara y no lo habían conseguido. Ahora, cuando el premio era un hecho, le correspondía al brazo armado del Estado impedirlo.

En principio hubo silencio y parecía que nada malo iba a ocurrir.Luego empezaron las presiones sobre Pasternak para que lo rechazara y esas presiones fueron brutales. Impávido (le llamaban "La esfinge") se resistió. Había en él, si puede llamarse así, un optimismo tolstoiano que le impedía derrumbarse (aunque había padecido alguna tentación suicida). Y continuó con su trabajo, tranquilamente, como si nada pasara ni hubiera pasado. En la Unión de Escritores -órgano del Partido y asociación donde se cometieron toda clase de vilezas entre colegas- se pedía su cabeza. Él prometió -convencido de que rechazar el Premio sí era una traición a su literatura, a la literatura rusa que amaba y a sí mismo- que entregaría el dinero al Comité para la Protección de La Paz, otro eufemismo de la propaganda soviética. No sirvió de nada. Las presiones continuaron. Hasta que Olga Ivinskaya -su amante, la Lara de los poemas de Jivago, la Julie Christie de Doctor Zhivago- lo llamó por teléfono. Llevaban días amenazándola con trasladarla a uno de los gulags siberianos y ella ya conocía la prisión de la Lubianka: estaba horrorizada. Presidía entonces la URSS Kruschov, que tan simpático caía a la prensa occidental. Entonces Pasternak cedió: rechazó el premio. "No merezco tal honor", escribió en un telegrama a la Academia. Los dos años que siguieron fue humillado por el Estado una y otra vez, los amigos, entre los celos y el miedo, le dieron la espalda y, a su muerte, Olga Ivinskaya fue enviada a un campo de trabajo junto con su hija. Continuaba gobernando Nikita Kruschov el aperturista, el del zapato en la ONU, ese ruso tan simpático para la prensa de Occidente.

Me he acordado de todo esto porque se acaba de publicar un libro que cuenta la trepidante trama de espionaje que urdió la CIA para que la novela Doctor Jivago se editara en ruso y en otros idiomas europeos y así acabara llegando a la Academia Sueca, donde parece que el servicio de inteligencia norteamericano tenía un agente a sueldo. ¡Bendito agente! El libro lo ha escrito un historiador ruso, Ivan Tolstoi, pariente del autor de Anna Karenina. En él hay invitaciones-trampa, desvío de aviones a Malta, secuestro del manuscrito durante dos horas, cámaras oscuras para microfilmar la novela, edición en las imprentas de la CIA, reparto gratuito del libro junto al pabellón del Vaticano en la Expo de Bruselas del 58, rusos que se rifan ejemplares allí mismo, y toda clase de aventuras impensables en un manuscrito inédito. Mientras, Boris Pasternak -que había enviado su novela al editor italiano Feltrinelli, que también era comunista- no se enteró de nada. Nada supo nunca de tal empresa política en plena Guerra Fría. Lo cierto es que la Guerra Fría tuvo infinidad de episodios terribles, como toda guerra, pero éste fue uno de los mejores y más agradables que puedan ocurrir en una guerra, aunque sea fría. Lo que no sabemos es si Samuel Bronston también llegó a recibir dinero de la CIA para rodar en España Doctor Zhivago. Si así fue, bien empleado estuvo, aunque la Operación Nobel, en esa época, ya hubiera acabado.

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