MIGUEL DALMAU
Desde hace una semana no hago otra cosa que preguntarme acerca de la existencia de Dios. Es curioso. Llevaba bastante tiempo sin pensar acerca de este asunto tan superficial. Pero ha bastado una campaña publicitaria en los autobuses de varias ciudades para que vuelva a darle a la mollera en plan metafísico. Y me pase las horas rascándome la cocorota como un chimpancé perplejo ante un cubo de Rubick. ¿Qué pasa? ¿Existe o no existe? He ahí el dilema. Hasta lo que yo sé, para existir se ha de ser real y verdadero. De modo que para creer en algo que no es real -en la medida en que no se le ve, no se le oye, ni juega al bingo- hay que tener una fe a prueba de bomba.
Llegado a este punto, el debate sobre la existencia del Jefe deriva entre los creyentes y los agnósticos. Para los primeros, Dios está en toda partes: en el olor de las flores, la sonrisa de los niños, una puesta de sol, el trabajo bien hecho, esa mano amiga o el sacrificio de las personas de gran corazón. Para los segundos, en cambio, Dios no está en ninguna parte. Ni flowers. Pero aunque no crean en él, lo cierto es que Dios -o lo divino- se les manifiesta en los momentos más agradables de la vida. Entonces recuerdan a Dios en una jugada de Maradona, una aria de la Callas, las gambas de Sóller, las Siete Maravillas de Mallorca, o las sabias disposiciones de Grosske, a quien sin duda la diosa Minerva obsequió con el don de la clarividencia. Ya desde la cuna. Hasta aquí todo correcto. Para unos sí, para otros no.
El problema empieza cuando uno se mosquea por lo que el otro piensa sobre el particular. ¿Existió Mahoma? Sí, padre. ¿Existe Alá? Hombre, no fotem. Eso ya es harina de otro granero. Aquí y en Bagdad. En un prodigio de fantasía, admitiré que algunas cosas y algunos entes pueden existir sólo por el mero hecho de creer en ellas. Porque eso es la fe. Pero en nombre de ese prodigio de fantasía, de ese absurdo de la razón, es obvio que no puedo ni debo jorobar a los demás. Digamos que unos necesitan rezar sus oraciones cada noche para tener un sueño tranquilo. Bien. Por la misma, el comisario Torrente necesita una botella de whisky, tres chavalas colombianas y varias pelis porno, con más cabaña que el mercado de Sineu. Personalmente, a mi me da igual. Yo leo los Diarios de Torga, por ejemplo, que solía decir que "El Padrenuestro es más importante que el Papa". O leo a Chesterton, que dijo algo que define por completo toda nuestra época. Y esta polémica absurda: "El hombre que no cree en Dios es capaz de creer en cualquier cosa". Cierto. Pero al levantarte por la mañana, creas o no creas en el de Arriba, respeta a tu prójimo. Porque tanto si existe como si no, es lo único que debería importarnos a todos.