ANTONIO PAPELL
Ayer concluyó en Madrid una reunión de los principales líderes del socialismo europeo que, convocada desde hace tiempo, ha tenido como principal objetivo la puesta en común de sus programas y de sus posiciones con vistas a las elecciones al Parlamento Europeo que se celebrarán en junio. Como es conocido, en la hora actual existe en Europa un predominio de gobiernos conservadores, y el Reino Unido y España son los únicos países grandes con gobierno socialdemócrata. Y en USA, Obama pondrá punto final a la infausta etapa neocom. Los reunidos no han ocultado su euforia ante lo que consideran un cambio de ciclo comparable al suscitado por la caída del Muro de Berlín.
El encuentro, significativo en sí mismo, se ha celebrado sólo unos días después del consenso de Washington y del plan de la Comisión Europea que pone en marcha un vasto plan de inversiones directas para afrontar la crisis económica, fruto de una crisis financiera que ha sido consecuencia de los errores y omisiones del ultraliberalismo, que llevaron a la administración Bush y a la Reserva Federal a omitir reglamentaciones y controles que ahora se han demostrado indispensables para impedir los excesos y los abusos.
En realidad, tanto el G-20+ZP reunido en Washington como la Comisión Europea han apostado por la adopción rápida e intensa de medidas anticíclicas con cargo a los déficit públicos, tendentes a combatir la recesión y relanzar la actividad, con el objetivo preferente de salvar el tejido productivo y reducir el ascenso del desempleo masivo (ayer, las estadísticas españolas anotaban un nuevo y preocupante registro). Evidentemente, esta respuesta a la crisis de claras resonancias keynesianas, vinculadas al espíritu del New Deal que Obama lleva en su cartera, es asimismo la constatación de que la ortodoxia monetarista, que negaba taxativamente cualquier intervención pública en la economía, no ha sido capaz esta vez de recuperar espontáneamente los equilibrios perdidos. Y nos ha arrastrado hasta el precipicio de la recesión.
Dicho de otra manera, los consensos logrados para salir de la gran crisis que nos arrastra son, hasta cierto punto, una reivindicación de la socialdemocracia. Con una particularidad esencial: lo que está pasando no representa ni un rescate de las viejas utopías emanadas del marxismo ni siquiera un fracaso de la economía de mercado en sí misma: tan sólo -y ya es bastante- indica que la economía debe supeditarse a la racionalidad política, que el Estado no sólo ha de acometer tareas subsidiarias, que la regulación y el control del sistema financiero para evitar abusos han de ser ingredientes permanentes del vínculo entre lo público y lo privado. De momento, el programa 2009 recién acordado apuesta por el "crecimiento verde e inteligente", más independiente de los combustibles fósiles, sin paraísos fiscales; además, incluye un pacto por el empleo y la apuesta por una Europa social.
Cuando cayó en Berlín la bipolaridad y el liberalismo monetarista se volvió hegemónico de la mano de Thatcher y Reagan, la izquierda democrática occidental se quedó sin discurso. Ahora, el ultraliberalismo de los neocon se ha desmoronado como un castillo de arena zarandeado por las olas. A medio plazo, los nuevos socialdemócratas y los liberales sinceros castigados por la crisis tienen que recomponer su figura para seguir protagonizando la gran dialéctica democrática en nuestros regímenes parlamentarios. Una dialéctica que habrá de versar sobre el grado y el alcance de la intervención del Estado en la economía, con menos dogmatismos que hasta ahora en los dos contendientes.