ANTONIO PIZÀ
La coincidencia resulta cuanto menos chocante: en plena efervescencia por correr los últimos vestigios externos del franquismo y su parafernalia y simbologías recordatorias de "aquello", la Audiencia Nacional acaba de condenar a Victoria Gómez Méndez, miembro de los GRAPO, a siete años de prisión y a que indemnice el Estado con 724.501 euros por colocar un artefacto en el interior del Valle de los Caídos el 7 de abril de 1999. Esa gigantesca, faraónica basílica mausoleo fue fruto y testimonio del entresijo menos lúcido y más compulsivo de la personalidad del General que ordenó y mandó este país durante cuarenta años. Bajo el pretexto de la reconciliación y en memoria de los caídos "de ambos bandos", en realidad no era sino monumento y glorificación de su persona y de su obra. Penosamente construido por "voluntarios" a cambio de la "redención" de unas "penas" que ningún estado de derecho sentenciaría, este acojonante mega mamotreto en granito de Cuelgamuros es la monumental madre de todos los recordatorios de aquel período de nuestra historia que creíamos "ejemplarmente" superada con la llamada transición.
La Ley de la Memoria Histórica, obviamente se topó con tan embarazoso escollo, optando por la vía de una poco o nada convincente excepcionalidad. Con lo cual nos encontramos con la paradoja de que el susodicho Valle de los Caídos ha encontrado la definitiva "consagración" e intocabilidad bajo la égida del "rojazo" de Jose Luis Rodríguez Zapatero. Quizás sea lo más sensato, y en cualquier caso, lo más acomodaticio sí que parece. También la perestroika y su democracia tienen que vivir en Rusia con el mausoleo de Lenin, y salvando todas las distancias, nuestro Francesc Antich ha tenido que apechugar con el hospital de Son Espases. Todo indica que le veremos inaugurando como president, aquello que denostaba como jefe de la oposición.
Con la constatación, por ley en este caso, de que lo que no puede ser no puede ser y además resulta imposible, que diría el torero, todos esos trajines y afanes por arrumbar con los restos "arqueológicos" del denominado franquismo, se quedan como al pairo e imposibles de culminación. Por eso, porque mucha cremá, mucha cremá, pero ahí está el ninot indultado para recordarnos permanente de qué falla estamos hablando. Visto todo lo cual, aquella maniobra de la alcaldesa Aina Calvo de cargarse la cruz de dalt murada con nocturnidad, sigilo, e incluso su toque de clandestinidad, fue una maniobra muy mal aconsejada y urdida. Mi tía Práxedes, a su vez, dice sentirse incómoda ante el hecho de un Consistorio de Palma que renuncia al nombramiento de hijos ilustres, no por falta de hijos ilustres, sino por falta de consenso sobre los mismos. Tal como en el caso de cierto prócer ilustrado y extraordinariamente emprendedor que dotó a Palma de todo eso que exigía la modernidad y sin lo cual una población no merece la denominación incluidos un soberbio teatro lírico y un rotativo en su momento, pionero. Pero no será declarado hijo ilustre de Palma, porque el Consistorio como si, haciendo de abogado del diablo, no perdone que en su día promoviese la erección, por suscripción popular, de un monumento que paradójicamente... deciden seguir conservando en su lugar de descanso.
Pero en plan incongruencias tía Práxedes trae a colación el incomprensible mantenimiento del posiblemente más destacado recordatorio palmesano del franquismo, esos dos pasmarotes de romanos de pega, erigidos en memoria y homenaje al fascismo italiano, incluido aquel mamarracho que se hacía llamar Conde Rosi (conde también de pega), sangriento represor que fue de nunca sabremos de cuantas vidas inocentes. Esos dos figurones absolutamente kistch si de algo nos hablan es de vergüenza y horror. Pero ya veis no solo siguen ahí, sino que cuando en una maniobra fallida un camión se cargó los dos, la entonces alcaldesa Catalina Cirer dispuso renovarlos sufragando su coste, ni que decir tiene, el erario municipal. Entre los contribuyentes, que por definición somos todos, los descendientes de los represaliados.