MATÍAS VALLÉS
Leer una entrevista a Javier Bardem debe ser la forma más refinada de masoquismo que conozco, a poca distancia de soportarlo en Mar adentro. Sin embargo, cuando me dijeron que el actor hablaba de mí en el New York Times, cedí a la tentación. En efecto, allí estaba yo, entre quienes se atreven "a criticar mi trabajo". El ganador de un Oscar nos despachaba, junto a cuarenta millones de españoles indefensos, con un categórico "Dejadlo ya, sois un manojo de estúpidos". El exabrupto adquirió el rango de una revelación, porque entendí súbitamente que sólo la estupidez colectiva podía explicar su éxito.
A falta de averiguar el impacto de Bardem sobre un público inteligente, triunfa entre los estúpidos. Se trata de un argumento razonable, pero el actor quiso embarullarlo con un desmentido mentiroso, basado en dificultades de "comunicación lingüística". En primer lugar, "stupid" se parece lo bastante a "estúpidos" para que incluso un intérprete mediocre advierta la coincidencia semántica. Máxime cuando en otra respuesta de la descacharrante entrevista asegura que "sueño en inglés", algo que no logró ni Shakespeare y que dificulta el diálogo si la mujer de tus sueños es Penélope Cruz.
En realidad, Bardem me llamó "estúpido" -este artículo es algo personal- porque creyó que el inglés no admitía traducción al castellano, de modo que los "estúpidos" españoles nunca accederían al meollo de su discurso intelectual. El actor es tan limitado que, en otro momento de la entrevista, asegura que "no creo en Dios, pero creo en Al Pacino", un plagio sonrojante de la frase de Fernando Trueba al recibir su Oscar, "no creo en Dios, pero creo en Billy Wilder". Qué ocurrente. Sigue siendo el novio que todas las madres querrían robarle a sus hijas, pero lo mejor que puede hacer por su carrera es no pronunciar ni una palabra que no figure en un guión. Los necios españoles han descubierto al auténtico Bardem. Cuando hagan lo propio con Woody Allen, tendrán que retirarle el Príncipe de Asturias. Qué mérito tiene alcanzar la gloria en un país de estúpidos.