CAMILO JOSÉ CELA CONDE
La editorial estadounidense Random House ha decidido no publicar un libro que narra la vida y amores de la tercera mujer, Aixa de nombre, que dicen los anales que tuvo el profeta Mahoma. A pocos debería sorprenderles la noticia porque ¿quién podría estar interesado en una especie de novela rosa algo subida de tono de una señora que vivió en el siglo séptimo y tuvo que tragar con los esponsales teniendo cerca de seis años? Habida cuenta del material que exhiben los anaqueles de las librerías, plagados como están desde el infausto Código da Vinci de textos acerca de satanismos, sectas, piedades históricas y misterios lejanos, igual resulta que el morbo de la niña-esposa vende. Pero en realidad a la editorial reacia a sacar el libro no le ha desanimado la posible falta de interés por la novela, sino su exceso. Sobre todo el celo que podría desatar en los seguidores de la ortodoxia más extrema del Islam. Semejante temor parece justificado. Si a Salman Rushdie le cayó una fatwa encima que le tuvo metido en un escondite durante décadas para poder salvar el pellejo, y eso sólo por idear versículos satánicos, cabe imaginar los ánimos que podrían levantar nada menos que las historias de faldas de la propia familia del profeta autor del Corán.
Por norma, cada vez que aparece la censura -ajena o propia, que tanto da- hay que estar en contra. No existe ninguna amenaza peor hacia los libros que la destinada a cambiar su contenido, cuando no a dejarlo perdido en las tinieblas. Pero al amparo de esa libertad básica se cuelan en ocasiones maniobras mucho más próximas a la lógica del mercado que a los valores de la Ilustración. De la inédita novela que, por cierto, iba a llamarse La joya de la Medina, un título excelente si se trata de pensar en la posible película que vendría de inmediato de convertirse la tal joya en un best-seller, se habrá hablado más por la decisión de dejarla en prensa que si hubiera aparecido y nadie se hubiese dado por escandalizado. Son legión, ya digo, los libros de monjes, herejes, inquisidores, obispos y ermitaños dedicados en plan estajanovista ya sea a plantear misterios o a resolverlos. Uno más poco iba a añadir a la nómina, salvo que los detalles escabrosos acerca de la niña destinada a consumar su matrimonio no a los seis, pero sí a los nueve años, abriesen un nuevo camino. Nuevo, hasta cierto punto. Se trata de una costumbre antigua y bien conocida que lleva el nombre de pederastia y yo tenía para mí que estaba detallada dentro del otro código, el penal, con unos términos pero que muy claros.
La censura sería por completo de aplicación en este caso aunque por razones muy diferentes de las que parecen haber inspirado a la editorial remisa. Con lo que llegamos a la moraleja más tremenda: los amores de las niñas que no son ni siquiera adolescentes pueden publicarse, incluso con gran lujo de detalles, siempre que no ande algún profeta implicado en el guión.