PEDRO VILLALAR
La crisis económica ha puesto de manifiesto la fragilidad del sistema mediático español. En cuanto la mala coyuntura ha afectado a la publicidad, los grandes grupos de comunicación, los más potentes audiovisuales, han caído vertiginosamente en Bolsa, hasta el extremo de que algunos de ellos podrían sucumbir a la adversidad si la situación económica no remonta en un plazo razonable.
Y si ello ha sido así en un mercado cuyo número de actores está limitado por la normativa y por la tecnología -hay sólo cuatro cadenas analógicas privadas de televisión de ámbito estatal-, quizá sea el momento de preguntarse qué ocurrirá cuando, con el apagón analógico, docenas de televisiones, viejas y nuevas, públicas y privadas, busquen su lugar bajo el sol y se disputen la tarta publicitaria.
El instinto liberal sugiere que, a la postre, sobrevivirán los mejores en esta jungla que se acerca. Pero quizá una meditación más pausada nos lleve a la conclusión de que por esta vía imprevisora se puede provocar un desastre. Es evidente que el progreso ha de continuar pero quizá haya medios de evitar que quede el camino sembrado de cadáveres.