EVA ACOSTA
Estamos acostumbrados a que las cifras tengan vida propia. No me refiero a la teoría matemática, sino a situaciones en que los números se aplican a la existencia cotidiana; el ejemplo clásico son los resultados electorales. Una ley no escrita dice que, sea cual sea el porcentaje de votos obtenidos por cada partido, a la hora de las declaraciones ante la prensa nadie resulta perdedor. Pues bien, lo mismo ocurre con los datos que se aplican al panorama económico o socioeconómico. Por muy mal dadas que vengan, siempre es posible hacer una lectura positiva del desastre; sólo es preciso tener chispa y asociar ideas. De acuerdo, tomada en frío, la tasa X o Y indica que vamos cuesta abajo y sin frenos, pero, ¿y si la comparamos con otra de hace quince años? ¿O veinticinco? ¿Y si tenemos en cuenta variables que antes no se consideraban, como el número de inmigrantes, la incorporación de la mujer al mundo laboral, el desgaste del verano o el síndrome post-chiki-chiki? Qué se yo. Para el profesional de la lectura de estadísticas no hay nada imposible, y casi siempre menos es más. En cantidad y en calidad.
Llámenme poco moderna, pero en según qué ámbitos me cuesta trabajo dejarme llevar por esa corriente tan fashion. Hablo de realidades como los asesinatos de mujeres en España, que sin llegar al nivel de la locura mexicana se han convertido en acompañante diario de nuestra dieta. A estas alturas del año, cuarenta asesinadas; cuarenta crímenes de los que antes se llamaban "pasionales". Y no me vale el consuelo de tontos (la lectura del interpretador de cifras) que asegura muy serio que nos encontramos dentro de los niveles "normales" de nuestra zona. El dato es una barbaridad en un país que se llama a sí mismo civilizado. Y lo peor es que el treinta por ciento de las víctimas había denunciado antes a su asesino. Leyes y orden público mal pueden proteger por anticipado de una agresión que parece estar grabada a fuego en los genes de toda una sociedad. Una amiga que trabaja en la judicatura me comenta que existe un plus de horror: cuanta más difusión mediática se le da al fenómeno, más se alienta la voluntad de emulación en los agresores.
Claro que peor era hace décadas, cuando lo suyo era aquello de "mi marido me pega lo normal". Pero, ¿no habíamos quedado en que, en teoría, se trataba de ir progresando? La pregunta, salvadas todas las distancias, se me ocurre también al ver los resultados de un reciente estudio sobre alumnos de cuarto de ESO. La mitad de nuestros chicos, altos como torres, escolarizados obligatoriamente, nutridos según manda la santa madre fast food, equipados con el móvil molón de rigor y el Ipod megaguay, perfectamente ortodonciados, vestidos y calzados con ropa de marca fetén, son analfabetos funcionales: no entienden lo que leen. Atroz. El intérprete profesional de números se apresuraría a precisar que peor era hace un siglo, cuando tres cuartas partes de los quinceañeros españoles (y baleares, en este caso), que para colmo eran enclenques y canijos, directamente no sabían leer. ¿Y así es como hay que tomarse las cosas hoy día para pasar los sapos de las estadísticas? En fin.