Fin de curso, ¿comienzan las vacaciones?
23.06.2008 | 00:00
ANTONIO TARABINI
No es extraño que el hijo/a haya suspendido alguna asignatura, y en consecuencia deban recuperarlas. Pero, aunque la situación real es única, las circunstancias son muy diversas. Como muestra, dos perfiles.
De algún modo la madre se lo olía, aunque no tuviera certeza. En definitiva, la responsabilidad del hogar (incluidos los hijos) se supone que atañe a la mujer, más allá de si trabaja o no fuera de casa. El problema es cómo decírselo al padre, que durante el curso no ha tenido un minuto de dedicación a sus hijos. Aprovechan un fin de semana. La sorpresa del padre fue morrocotuda: su hijo, como él mismo, es muy listo. El suspenso de la hija le preocupa menos, por aquello de ser mujer. La reacción no se hizo esperar: la primera regañina para su esposa, la madre, por no prestar atención a los estudios de su primogénito. Además, él ya ha cumplido su tarea al matricular a sus hijos en un colegio de prestigio y pagar sus múltiples actividades extraescolares.
Pero además, la familia ya tiene planificadas sus vacaciones en su segunda residencia. ¿Qué hacer con los hijos? Buscarles un profesor/a de repaso, cueste lo que cueste, que se dedique a sus hijos. Pero tampoco se trata de fastidiarlos demasiado por lo que, después de las horas de repaso, pueden disfrutar de sus vacaciones. Además, piensan comprarle una moto para, en su caso, ir a la casa del profesor de repaso; y de este modo no tener que ir a acompañarle y recogerle. Por aquello de coste-beneficio, cuando comience el nuevo curso irá personalmente a recriminar al director del colegio los malos resultados de su hijo.
Existen otros escenarios. El envés de la moneda. La situación es la misma, el hijo y la hija deben recuperar dos asignaturas. El contexto familiar es distinto. Durante el curso escolar sólo trabaja el padre, albañil especialista. Durante el verano el padre, de momento, sigue en activo, y la madre se incorpora al mercado de trabajo en un hotel. La reacción, en este caso no es de sorpresa, es de incapacidad de no saber qué hacer. Tanto su hijo como su hija, 14 y 15 años, esperan como el agua de mayo concluir sus estudios obligatorios para ponerse a trabajar. El esfuerzo de los padres durante el curso ha sido el impedir que abandonaran a medio curso.
El verano pasado los mandaron a la península, junto con sus abuelos. Aunque llevan años viviendo en Mallorca no gozan de una red familiar y social que les puedan aconsejar, ayudar y apoyar. Ni tan siquiera tienen conocimiento, por lo tanto tampoco acceso, a posibles actividades veraniegas que organizan diversas administraciones. Posiblemente reñirán a los hijos, les dirán que deben hacer los deberes mientras ellos están trabajando? Los hijos les oirán (oír no es lo mismo que escuchar) con sus cabezas gachas. Muy posiblemente, como es lógico, cuando se queden solos en casa, un día si y otro también, terminarán en la calle con sus amiguetes.
¿Son los casos expuestos excepciones de la regla? Puede que las descripciones pueden parecer un tanto "exageradas", pero con matices son reales como la vida misma. No son más que reflejos de los insoportables índices de fracaso y abandono escolar. Lo que ocurre es que las circunstancias, y por tanto las consecuencias, son muy diversas. En el primer caso, una familia de clase alta o media-alta, a sus hijos/hijas "fracasados" en nuestro sistema educativo se les pretende compensar con unos cursos y/o estancias en USA o el Reino Unido. Sus resultados son imprevisibles, pero en cualquier caso se habrán relacionado con hijos/hijas de familias relacionadas con los poderes políticos y/o económicos. En el segundo caso, una familia de clase baja o media-baja, se pretendía que sus hijos/hijas pudieran tener estudios para no tener que repetir el mismo modelo de vida de sus familias. En la mayoría de casos, existen honrosísimas excepciones, el tiro les suele salir por la culata.
Visto lo visto, que cada cual saque sus propias consecuencias. La igualdad real de oportunidades sigue siendo un desideratum. Sin duda todos somos iguales ante la ley, aunque unos sean más iguales que otros.
