Mario Conde. Ex presidente de Banesto
JULIO PÉREZ. PALMA.
El pequeño paraíso que Mario Conde ha descubierto en Ourense está plagado de fotos. Él camina entre ellas como si nada. Quizás las tenga tan interiorizadas como las "cosas brutales" que le han pasado en los últimos 16 años. Los años del "lío" o "el follón", como los bautiza, y que hoy ve "como un privilegio" para llegar hasta donde ha llegado. ¿A dónde? A una especie de gurú que quiere "aportar" su experiencia "a la sociedad". "Antes no me gustaba que quisieran parecerse a mí, ahora no me importa". Habla y habla, un discurso místico, emocionado cuando menciona a su mujer, fallecida poco antes de que saliera de la cárcel, y rotundo para criticar "el fracaso del sistema".
–Así que la vanidad que siempre se le atribuye, ¿viene de los demás?
–Creo que sí, sinceramente. Me acuerdo lo que hice el día de mi boda, el día que terminé la universidad, pero no sé lo que pasó la noche en que me nombraron presidente de Banesto. No tiene importancia para mí. Luego te empiezan a convertir en una especie de símbolo y sería estúpido decir que no sucumbes a un punto de vanidad.
–¿No sintió en algún momento que traicionó a los jóvenes que querían ser como usted?
–Al revés. El estereotipo, ¿cuál era? Un señor que con 39 años gana mucho dinero y llega al banco. Los cimientos que aguantaban ese edificio se rompieron, nadie reparaba en ser Abogado del Estado, en las miles de horas de trabajo y esfuerzo. Eso me obsesionaba. Ahora no me importa que quieran ser así, que quieran conocerse a sí mismos, antes no me gustaba.
–Roldán acaba de decir que el supuesto pago con fondos reservados para espiarle por orden de Narcís Serra lo efectuó el actual jefe de Gabinete de Presidencia.
–Yo lo sabía. Ha vuelto a la luz un tema muy grave para vergüenza de los que participaron. Él fue al juez Garzón y lo contó en su día. El magistrado ponente en el Supremo, Martín Pallín, dijo que no era delito. Lo más grave es que el Supremo entrara en ese juego que ni sé como calificar.
–¿Se cree que no tenga dinero?
–Sí. Me da la sensación que ese hombre ha hecho muchas cosas que están mal, algunas las ha reconocido, y no tiene ningún motivo para decir que eso no es así.
–¿Usted lo tenía?
–Tengo las cuentas desgraciadamente claras. En 1990, cuando nada se preveía, hice con mi mujer una separación de bienes. A lo mejor fue una inspiración. No tengo ni idea. Todo para ella, menos las acciones de Banesto y tres cuadros de Picasso, Juan Gris y Braque, que hoy valdrían mucho dinero y que se los quedaron por los 600 millones de Argentia-Trust. ¡Tiene bemoles! Las acciones superarían hoy 1.000 millones de euros. Cuando hablan de los daños de la intervención a los accionistas, que no se produjeron, nadie cae en la cuenta que yo era con mucho el principal accionista.
–¿Cómo ve las ayudas a las entidades ahora, sin que parezca que la situación vaya a salpicar a los gestores?
–A veces la vida te sorprende con ironía. En 1993, el ministro de Economía era Solbes. El mismo que en 2008. Entonces fue al Parlamento, con una comisión de investigación. "El único que tiene la crisis es Banesto", dijo. En 2008, con una crisis real, silencio y ayudas para no dejarles caer. El que tuvo más gracia para explicarlo fue el señor Botín cuando dijo que la compra de Banesto había sido el mejor negocio de su vida.
–¿Tenemos los políticos que merecemos?
–Sí. Cuando me dicen que el señor Zapatero es un desastre, respondo que tiene 10 millones de personas detrás.
–¿Cómo le definiría con una palabra?
–Durante mucho tiempo pensé que era un hombre con buenas intenciones, acertadas o no. Nunca que fuera por detrás. Otra cosa es que haya levantado roces innecesarios, como la Ley de Memoria Histórica. Con la crisis, pretendió negarla primero, minimizarla después y cuando ha empezado a tomas medidas, es un poco tarde.
–¿Qué sintió al encontrarse en prisión con los etarras que iban a atentar contra usted?
–De nuevo la ironía del destino, que me vino a decir que si a mí no me llegan a meter en la cárcel por algo tan absolutamente injusto no estaría aquí. Lo primero que pensé es que vivía de milagro.
–¿Hay un mundo paralelo, con conspiraciones?
–Absolutamente. De repente aparece un señor en escena, no nos interesa, vamos a conspirar para quitarlo del medio. El sistema ha fracasado.
–¿Cómo se ve ahora?
–Es quizás la etapa en la que estoy más contento. Durante los 15 años de este lío he aprendido a conocerme bien, en ese sentido fue un privilegio. Intuimos nuestra capacidad de resistencia, pero no la sabes hasta que la prueba. Algunos esperaban que me muriera, que me murieran –porque en la cárcel te pueden morir fácilmente–, que me volviera loco. Ahora sí me definiría como un hombre libre en el sentido estricto, y toca aportar esa experiencia a la sociedad para lo que la sociedad quiera. Y si no la quiere, no es mi problema. Me han pasado cosas brutales. El gran acontecimiento es la muerte de mi mujer. Pero también la he entendido.