REDACCIÓN. ALICANTE.
Entraron en el salón de plenos de Benidorm como sólo lo hacen las estrellas de cine en un festival, sólo que sin detenerse a hablar con los fans. Aclamados por decenas de partidarios cuyo griterío silenció las voces críticas de la minoría popular, los 13 concejales que conforman el nuevo gobierno irrumpieron en el hemiciclo con Agustín Navarro, José Bañuls y Maite Iraola al frente. Detrás, el resto.
Las cámaras de las televisiones nacionales siguieron a los tres por igual hasta que tomaron asiento y buscaron a la concejal socialista, la militante que acaba de ser dada de baja por su propia hija, la secretaria de Organización del PSOE, Leire Pajín. Maite Iraola es una mujer de partido. Pese a la molestia que le ha provocado el intenso interés generado por su vínculo familiar, no dudó en aprovecharlo y festejó con grandes aspavientos un protagonismo que ayer no pudo ni quiso evitar. Vestido verde estampado, pantalón rojo, el maquillaje justo, Iraola celebró eufórica el triunfo de la moción pese a la polémica que la ha puesto bajo los focos y que provocó que se girasen hacia ella las cámaras de media España. Bajo la mirada de sus compañeros gesticuló hasta la saciedad el signo de la victoria, como si de una final de Champions se tratara.
En una mañana de ausencias y de presencias, la atención mediática que estos días ha concentrado el apellido Pajín no ha arrugado a la familia. De los cinco miembros del clan que de un modo u otro han tenido algo que ver con la vida social y política de Benidorm, tres no quisieron perderse el regreso de los socialistas al poder tras 18 años de mayorías absolutas del PP. La propia Maite, por obligación; su hija Amaya, la hermana de Leire, la que todo el mundo, cuando era niña, veía en ella la madera política que luego cuajó en Leire; y Pablo Pajín, el hermano de José María, que cansado de las críticas del PP cuando hace 20 años logró por méritos propios un puesto municipal, resolvió buscarse otro empleo. Ayer no quiso perdérselo. La mezcla vasco-leonesa forja el carácter.
Y entre los ausentes: la propia Leire, militante de la agrupación de Benidorm, que el día anterior confirmó la baja de los 12 concejales del PSOE que han pactado con el tránsfuga; y José María Pajín, el factótum del socialismo local en los últimos 15 años, el dirigente sobre el que ha girado y que ayer prefirió no acudir a la escenificación del regreso al poder para no seguir, dijeron, "alimentando el morbo".
Enfrente de los socialistas, ante la llegada de lo inevitable, con la suerte echada, sólo tres cargos del PP tomaban notas mientras Manuel Pérez Fenoll alegaba contra la "práctica antidemocrática" que estaba a punto de producirse. Los músculos de la bancada popular se activaron sólo cuando, puestos en pie, los ediles aplaudieron la frase de despedida del que ya no es alcalde. "Señor Navarro, le deseo mucha suerte".
En el interior del salón de plenos, Agustín Navarro y Bañuls estaban ganando la partida. El ya alcalde, con traje oscuro y corbata azul a rayas, consultaba los pormenores de su intervención con su nuevo socio de gobierno.
Al fondo a la derecha, Bañuls ocupa desde ayer el escaño del salón de plenos más escorado del hemiciclo. Tanto que cuesta encontrarlo. Justo en el córner. Inquieto en su asiento, se veía nervioso a Bañuls. Ora cogía la botella de agua, ora tamborileaba nervioso los dedos sobre la mesa. No se relajó hasta que poco antes declamar aquello de "sí a la moción", el nuevo portavoz del grupo socialista, Jaime Llinares, cerró su intervención mentando a Maruja Sánchez, la tránsfuga que hace 18 años salió del PSOE para convertir en alcalde a Zaplana.
Y entonces Bañuls aplaudió. Aplaudió el fin de Maruja. Un tránsfuga celebrando la muerte política de otro congénere. El bucle infinito. El eterno retorno.