SARA BARDERAS. BURGOS-
"Parecía un terremoto". El atentado con el que ETA celebró ayer de forma macabra sus 50 años de existencia sorprendió mientras dormían a los vecinos de la casa cuartel de la Guardia Civil en Burgos. "Me desperté y no tenía pared enfrente", aseguraba en pijama y aún conmocionado un chico de 14 años. "Todos los cristales se nos vinieron encima", explicaba otro vecino del cuartel.
El escenario daba cuenta de la potencia de la bomba. El lugar en el que los terroristas habían aparcado la furgoneta quedó sustituido por un gran cráter de unos siete metros de diámetro y casi dos de profundidad. Las primeras luces del amanecer permitieron apreciar varias plantas del edificio de catorce convertidas en un esqueleto de hormigón lleno de escombros y cascotes. El destrozo fue grande.
Las inmediaciones del cuartel, acordonadas por la policía, se asemejaban a un campo después de la batalla, con trozos de vehículos y de ladrillos esparcidos por doquier. La onda expansiva destrozó coches aparcados y viviendas de edificios cercanos que fueron desalojados posteriormente por temor a que sus estructuras hubieran sufrido daños.
Llantos de niños y de mayores, abrazos de vecinos, amigos y familiares... Ninguno se explicaba el por qué de la magnitud de la explosión. "Era un atentado para hacer daño a las familias", aseguró el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, al llegar a la ciudad de algo más de 175.000 habitantes.
"ETA ha visitado Burgos con intención de matar, de hacer el mayor daño posible", señaló el jefe del gobierno regional de Castilla y León, Juan Vicente Herrera.
En las conversaciones de muchos de los vecinos del inmueble y de otros cercanos se aludía reiteradamente a las vacaciones de verano. A finales de julio mucha gente se encuentra veraneando en las playas españolas o visitando a la familia, lo que evitó que hubiese que lamentar más heridos.
En la casa cuartel de Burgos viven habitualmente 90 familias, de las que algo menos de la mitad, 43, se encontraban en el edificio cuando ETA hizo estallar la furgoneta bomba.
Agentes de la policía enfundados en monos blancos y con botas de goma hasta las rodillas se movían durante la mañana de ayer en el cráter que dejó la explosión y en sus inmediaciones en busca de pruebas. Otros, acompañados por perros policía, patrullaban el entorno. Un equipo de bomberos retiraba trozos de la fachada y ventanales para evitar que cayesen a la calle. Y algunos vecinos se resignaban al decir que tardarán tiempo en poder regresar a su casa.
La conmoción era evidente. Visto el panorama desolador de la zona, las consecuencias pudieron ser peores. "Es un milagro que no haya fallecidos", comentaba una vecina de mediana edad con los ojos bañados en lágrimas.