Las emisiones de mi plato

Las más de 3.500 bateas instaladas en nuestro país contribuyen a la captación de CO2 de la atmósfera y ayudan a mitigar los efectos del cambio climático

24.06.2014 | 14:24
Bateas.
Bateas.

Entre los consumidores existe un mantra que se repite sin cesar: "Lo natural es más sano". Y como natural, se entiende, por ejemplo, lo salvaje, aquello obtenido directamente de la naturaleza con el mínimo manejo por parte del hombre. Por tanto, en el imaginario popular es más nutritiva y sabrosa una fruta salvaje que una cultivada por el hombre o un conejo que vive en libertad que otro criado para ser consumido. Esta equivalencia se lleva también al mar. Se considera que el pescado y marisco que llega a nuestra mesa se ha cazado en su estado salvaje. Nada más lejos de la realidad.
Y es que a día de hoy las piscifactorías se han convertido en esenciales para cubrir la demanda de pescado y marisco a nivel mundial. Esta cría dirigida por la mano humana tiene unos impactos que, con un cambio climático cada vez más presente, se tienen que evaluar. Y es que el cambio climático se ha convertido en un elemento de vital importancia para la agenda ambiental europea. De cara a 2020 se deben cumplir los objetivos firmados en el Protocolo de Kioto y toda la normativa de la Unión va en la dirección de mitigar las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Y la acuicultura no es un campo que ha quedado fuera. "En la actualidad, la acuicultura en nuestro país presenta una gran diversidad en cuanto a sistemas de cultivo, especies y grados de intensidad de la actividad, lo que genera a su vez que las interacciones entre esta actividad y el cambio climático deben contemplarse de manera diferenciada casi para cada una de las especies o grupos de especies de crianza", asegura Javier Remiro, director de la Fundación OESA, Observatorio Español de la Acuicultura.
El cálculo de las emisiones de gases de efecto invernadero se lleva a cabo gracias a la denominada huella de carbono. "La huella de carbono permite, por un lado, ahorrar costes a las empresas implementando medidas de mitigación y, por otro, demostrar ante terceros los compromisos de la organización con la responsabilidad social y ambiental a través de sus requisitos en mitigación del cambio climático", asegura Federico Ramos, secretario de estado de Medio Ambiente. Así, saber cuál es la huella de carbono permite saber cuál es la carga ambiental de un producto, facilitar la evaluación de diferentes configuraciones alternativas para el desarrollo de un producto así como reducir los costes ambientales asociados a los costes energéticos, entre otros. Aparte de ello, a los consumidores les facilita tomar las decisiones de compra así como ofrecer mayor información sobre el ciclo de vida del producto y las emisiones de GEI. A día de hoy existen dos sistemas para medir la huella de carbono: el sistema ISO 14067 (publicada en mayo de 2013) y la PAS 2050.
 ¿Existen actualmente empresas dedicadas a la acuicultura que muestren su huella de carbono en sus productos? "En la actualidad, al no tratarse de un requisito legal para los productores ni existir una gran demanda por parte de los consumidores, son prácticamente inexistentes la empresas que integran la información relativa a su huella de carbono dentro de su estrategia comercial", afirma Remiro. Sin embargo, "en los próximos años veremos un cambio importante en esta circunstancia si la concienciación ambiental de los consumidores sigue aumentando, ya que el sector acuícola puede encontrar en la huella de carbono de sus productos a un aliado comercial que le ayude a trasladar a la sociedad su compromiso con el medio ambiente"

El caso de un mejillón
El estudio de las emisiones de GEI asociados a un kilo de mejillones es más complejo de lo que aparentemente puede parecer. Primero de todo es considerar las emisiones propiamente dichas a la que se le deberán restar las remociones (o captura de CO2) provocadas, por ejemplo, con la fijación de carbono en su cocha. El resultado de restar emisiones y remociones aparece la huella de carbono.
Así, por ejemplo, en el caso de los moluscos, como el mejillón, las almejas o las ostras, el reducido grado de intervención humana en su cultivo, unido a la fijación de CO2 en las conchas en forma de carbonato, supone que estos cultivos sean un sumidero de carbono en términos netos. Esto implica que las más de 3.500 bateas instaladas en nuestro país están contribuyendo a la captación de CO2 de las atmósfera y por tanto contribuyendo a mitigar los efectos del cambio climático en nuestro país. El caso de los peces, tanto marinos como continentales es bastante diferente, al no haber una captación de CO2, durante el proceso de cultivo y las emisiones de CO2 están directamente relacionadas con el grado de intensidad de la actividad y en consecuencia también al uso de piensos en la alimentación de estas especies. La huella de carbono en estos productos puede situarse entre las 4 y 20 kg de CO2 equivalente.
En el caso de la acuicultura, el cálculo de emisiones abarca, por ejemplo, todo el proceso de cultivo de mejillón en Galicia hasta la descarga cuando alcanza su medida comercial. Por ello, para la cría de un kilo de mejillón se tendrá en cuenta las emisiones generadas para la construcción de una batea y que incluyen el lino, nailon, polipropileno, madera de eucalipto, hormigón, plásticos y metales. Pero para su cría en sí, se deberán tener en cuenta, además, lubricante, pintura, alquitrán, madera de pino, pintura antifouling. Paralelamente se tendrán en cuenta las emisiones causadas por la extracción de la mejilla del medio natural.
¿Y en cuanto a remociones? "El cálculo se hará mediante la cuantificación del CO2 en la cocha del molusco en el laboratorio y mediante la determinación de la relación entre la masa de la concha seca del mejillón y la masa del mismo fresco. Así se obtiene la cantidad de CO2 que fija en su crecimiento y que retira del medio marino", apuntan fuentes de la Fundación OESA.
¿Qué ventajas comerciales supone mostrar la huella de carbono en los productos? "El cálculo de la huella de carbono a un producto u organización tiene múltiples beneficios para las empresas y los consumidores. Para las empresas, ayuda a ser más competitivas en mercados nacionales e internacionales", apunta Remiro. En particular, permite conocer la carga ambiental de un producto o actividad en cuanto a su contribución al cambio climático, obtener valores de referencia para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, reducir los costes ambientales asociados a los costes energéticos, comunicar la huella de carbono a todos los elementos de la cadena de valor incluidos los consumidores finales y suministrar un elemento importante en el área de responsabilidad social corporativa.

Desperdicio de alimentos
Desperdiciar los alimentos es, también, una forma de contribuir al cambio climático. Tirar un alimento por estar caducado es tirar a la basura, literalmente, todas las emisiones de GEI derivadas del producto y generadas por su fabricación, transporte y eliminación. Y es que el desperdicio de alimentos se ha convertido en uno de los retos centrales de la Unión Europea para abordar en los próximos años. La Comisión Europea cuantificó en 2010 que el 42% de las pérdidas y desperdicio de alimentos en la Unión se producen en los hogares, un 39% en el procesado, un 14% en la restauración y un 5% en la distribución. Por ello, se ha propuesto disminuir el desperdicio de alimentos en un 50% para 2030, poniendo el foco en impulsar actividades tanto de innovación como de I+D, según aprobó el Consejo Europeo en diciembre de 2013 en su Programa Marco de Investigación e Innovación (2014-2020). Según Andrés Pascual, jefe del Departamento Medio Ambiente, Bioenergía e Higiene Industrial de Ainia Centro Tecnológico, "las causas de generación de desperdicios de alimentos, aunque bastante complejas, afectan a todos los eslabones de la cadena alimentaria, es decir, al consumidor, distribución, industria, producción primaria. La reducción de las pérdidas alimentarias a lo largo de la cadena alimentaria debe ser una de las alternativas prioritarias para incrementar la disponibilidad de alimentos".
Por ello, Ainia ha presentado recientemente en Envifood Meeting Point, certamen anual celebrado para dar respuesta a la necesidad de la sostenibilidad ambiental de la industria española, una serie de medidas para reducir las pérdidas y el desperdicio de alimentos.

Trabajo en prevención
En este campo se quiere trabajar en lograr una mayor vida útil del alimento a través del desarrollo de nuevas formulaciones y aditivos alimentarios; nuevas técnicas de conservación de alimentos; nuevos materiales de envase como los recubrimientos comestibles en frutas; los materiales barrera (por ejemplo, los absorbedores de oxígeno y etileno); envases activos (por ejemplo, utilizar antioxidantes o aceite esencial de orégano como antimicrobiano) y el desarrollo de nuevos modelos predictivos para la estimación de vida útil mediante estudios acelerados.
El envases es importante por lo que se pretende innovar en el diseño de envases que tengan en cuenta elementos como la porcionabilidad, mejores sellados o recerrables; envases que permitan la extracción completa del producto; aquellos dirigidos a una mayor resistencia al transporte y a daños mecánicos o los envases y etiquetas inteligentes (con indicadores de descongelación, grado de humedad, de madurez, de tiempo o de temperatura).
Otro pilar es la producción a través de la utilización de nuevas tecnologías limpias en procesos y actividades auxiliares que reduzcan la generación de mermas. Innovaciones como el diseño higiénico de equipos e instalaciones para reducir las pérdidas de alimentos durante la producción; la gestión y sincronización de sistemas o procesos y materiales para la prevención y evaluación de pérdidas de alimentos en procesos de fabricación.
Otras líneas de trabajo buscan el control de calidad mediante la implantación de sistemas de inspección avanzada, la mejora de la logística y transporte y logar una cadena de valor eco-eficiente, entre otras

Trabajo en innovación social
Destinadas a acciones de sensibilización e impulso a cambios en los hábitos y modelos de consumo que permitan reducir el desperdicio. Por ello se propone promover acciones de sensibilización e impulso a cambios en los hábitos y modelos de consumo que permitan reducir el desperdicio basados en las TIC mediante, por ejemplo, aplicaciones en la red para la redistribución de excedentes (interna o externamente) y desarrollo de Apps para la sensibilización e innovación social que promuevan mejoras en la planificación de compra, diseminación de buenas prácticas de conservación de productos en casa del consumidor o la interacción con el consumidor. Además, se propone realizar estudios con consumidores para la evaluación de su percepción y comportamiento ante iniciativas y productos, para evitar y reducir el desperdicio de alimentos y realizar la evaluación de la percepción social de los productos alimenticios a través del análisis de las redes sociales.

Trabajo en reutilización
y valorización
Desde la reutilización como producto o ingrediente para el consumo humano, pasando por el reciclaje para alimentación animal o composta/fertilizantes, hasta valorización energética (bioenergía). Por ello se propone la reutilización en la cadena alimentaria, para desarrollar nuevos productos alimentarios a partir de materiales excedentarios (como por ejemplo, productos IV gama desarrollado con tomate no destinados a consumo en fresco o muy maduros); recuperar compuestos de interés (fibras vegetales, colorantes, aceites esenciales o antioxidantes) mediante tecnologías de extracción supercrítica para su uso como ingredientes o aditivos alimentarios o en otras industrias como farmacia o cosmética y generación de soluciones digitales para la comercialización alternativa de excedentes o desperdicios (soluciones e-commerce). Además, se hace hincapié en el reciclaje con el desarrollo de piensos y otros productos para alimentación animal, realización de estudios de viabilidad para la obtención de compostaje y nuevos (bio)fertilizantes con materiales excedentarios, así como la recuperación de nutrientes (nitrógeno y fósforo).
Con la valorización energética se pretende utilizar técnicas de digestión anaerobia para la obtención de biogás agroindustrial para obtener a su vez: calor, frío y electricidad y biometano, para la inyección en redes de gas o uso en vehículos como biocarburante gas.

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