07 de marzo de 2017
07.03.2017
TURISMO

Mallorca se estrena en la ITB: grandes perspectivas, pero miedo a la masificación

Después de ganar un millón de clientes alemanes en 2016 y batir gracias a ellos todos los records de turistas, el sector espera confirmar en la feria de Berlín otro buen verano para el negocio, solo amenazado por el crecimiento temor a la saturación

07.03.2017 | 18:21

En el año mundial de la sostenibilidad turística, Mallorca llega a la feria de Berlín con un reto mayúsculo, casi mágico: hacer la masificación sostenible. Porque a eso, a masificación, solo que probablemente insostenible, apuntan el verano, el otoño y buena parte de esta primavera madrugadora, que ya ha empezado a pasear turistas por destinos como Peguera o Palma. Tan tempranera y vigorosa está amaneciendo la temporada que las previsiones previas a esta ITB berlinesa, dedicada precisamente a la sostenibilidad, apuntan a que los récords alcanzados en 2013, 2014 y 2016 volverán a caer. Y no es fácil que así sea: las islas cerraron el año pasado con una cifra que quita el hipo, la que documenta la llegada de 15,4 millones de turistas en una temporada tan fuerte que superó incluso los cálculos más optimistas del sector.

Que ni el optimismo de quienes creen que más es siempre mejor intuyó en la ITB 2016 la avalancha en ciernes. Hace un año por estas fechas, en las que el mercado alemán desnuda en su feria todo lo que está por venir en verano, los touroperadores que controlan el mercado centroeuropeo hablaban de subidas de facturación y viajeros que rondarían el 10%. Sus datos sonaban a euforia excesiva. A ganas de agradar a los inversores bursátiles de los que depende su financiación. A autobombo interesado. Pero en realidad se quedaron cortos. Cortísimos: el mercado alemán, el más importante para la isla con 4,5 millones de visitantes en 2016, aportó un millón de turistas adicionales, para crecer el año pasado un 28,5% en Mallorca, avance tan acelerado que explica por sí solo tanto la sensación de saturación que vivieron los mallorquines como el vértigo con el que se estrena esta feria.

Y ese es justo el clima previo al estreno: vértigo y expectación. O miedo al éxito económico, que algo muy profundo cambió el verano pasado, cuando el crecimiento turístico dejó de ser siempre sinónimo perfecto de alegría compartida. Les pasa incluso a los hoteleros. Décadas de expansión, hormigón y piqueta les condenaron a ver su imagen asociada a la destrucción del paraíso original, papel demonizado por muchos del que los empresarios siempre renegaron, hasta que han encontrado en el alquiler turístico el perfecto candidato a portar la etiqueta de la destrucción avariciosa. Ahora los hoteleros son muy optimistas en un corto plazo que saben que será de lleno, pero pesimistas cuando miran más allá del horizonte y ven que la avalancha de viajeros de hoy puede dar al traste con el destino turístico del mañana. Les preocupa, dicen, que el exceso de visitantes agudice la sensación de agobio que algunos de sus clientes declararon ya el año pasado, cuando las islas pasaron de golpe de 12,5 millones de viajeros y a acoger a 15,4. Lo nunca visto.

Por eso el miedo a romper la caja de tanto llenarla. El vértigo se repite entre los empresarios (ya no solo propietarios) del alquiler turístico legal e ilegal. Como los hoteleros y casi cualquier inversor quieren más negocio y más clientes, claro, solo que esta vez saben que la avalancha prevista a corto plazo puede ser su condena durante años: son conscientes de que otro abarrote turístico justo ahora, con las incomodidades para los residentes que eso genera, debilitará su campaña para rebajar las prohibiciones al arrendamiento vacacional que prevé estrenar el Govern entre mayo y julio, cuando la nueva regulación estará aprobada y endurecerá las multas contra el alquiler llegal.

Argumentos para defenderse tienen, si es que su nuevo presidente, Joan Miralles, sí sabe explicarlos. Uno de los más poderosos está en los números del año pasado del mercado alemán: en 2016 ganó en la isla un millón de clientes, de los que la mitad llegaron con los touroperadores germanos que abarrotaron los hoteles y la otra mitad se alojaron fuera en la llamada "oferta no reglada", eufemismo que en realidad alude sobre todo a los más de 30.000 apartamentos que se alquilan ilegalmente a turistas en Mallorca. Con lo que la masificación existe, pero solo como realidad de lucro compartido de hoteleros y empresarios del alquiler vacacional.

La sombra de Cursach llega a Berlín


De todo ello se hablará esta semana en Berlín, si es que los corrillos y mentideros del sector son capaces de dejar de hablar de Tolo Cursach, el ilustre del negocio turístico que ha dado con sus huesos en prisión por sus presuntas prácticas mafiosas (por decirlo suave). Aunque incluso en Cursach encuentra la isla una clara explicación de por donde van los tiros para los próximos años: el empresario de las bacanales en las que se vende cerveza por piscinas, lleva años elevando la calidad de su oferta para ajustarla a la realidad de una isla que cada vez es más de cuatro y cinco estrellas y menos de Magaluf o los botellones de Platja de Palma y las macroborracheras del Megapark de Cursach y el Oberbayern de su archirrival y compañero de causa judicial Miquel Pascual Bibiloni. Esa es la fórmula para resolver ese reto mayúsculo, casi mágico, que afronta Mallorca, el de hacer la masificación sostenible por la vía de elevar los precios y la rentabilidad, para ganar más con menos viajeros.

De momento, no se está logrando. También lo dicen los datos: el año pasado el gasto de los turistas alcanzó un nuevo máximo histórico, 13.005 millones de euros de facturación, que se lograron solo a costa de más aviones cargados de pasajeros, más playas abarrotadas y más turistas en cada rincón. Vinieron más, pero cada uno de ellos estuvo menos tiempo y gastó un poco menos. Con lo que Mallorca intenta hacer magia, pero de momento sigue como siempre: necesita más alemanes para ganar más dinero. ¿Caben? De eso se debatirá, y mucho, en Berlín. El estreno es en la mañana de este miércoles, cuando la ITB abre las puertas a la feria del turismo sostenible con unos pabellones más llenos de expositores que nunca: la realidad se ríe de los eslóganes.

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