El peor día de la infanta Cristina

Doña Cristina, que aguantó hierática las interminables horas de peroratas jurídicas sobre Botín y Atutxa y pruebas denegadas, perdió ayer su condición de alteza real y pasó a ser una ciudadana más

12.01.2016 | 03:29
En primer plano, Miquel Àngel Bonet y Jaume Matas. Detrás Ana María Tejeiro. Al fondo la Infanta y Salvador Trinxet.

Cristina Federica de Borbón y Grecia vivió ayer el peor día de su vida en una blindada sala de vistas de un desangelado polígono industrial de Palma, la ciudad cuyo nombre paseó ella en su ducado hasta que le cayó la maldición del caso Nóos. La Infanta perdió su condición de alteza real y pasó a ser una ciudadana más, a disposición de un tribunal de justicia y mezclada con otros acusados y periodistas.

La exduquesa de Palma aguantó hierática las interminables horas de peroratas jurídicas, dimes y diretes sobre las doctrinas Botín y Atutxa, largas pausas, y las pruebas absurdas o trascendentales denegadas y reclamadas.

Los exduques de Palma madrugaron mucho para llegar a la blindada sede de la Escuela Balear de Administración Pública. De hecho fueron de los primeros acusados en arribar al edificio pasadas las ocho de la mañana, aunque inicialmente esperaron el inicio de la vista oral en la sala de descanso habilitada para los abogados e imputados, donde al mediodía comieron en solitario para no tener que abandonar el fortificado edificio por razones de seguridad.

La Infanta decidió vestirse cómoda para la larga jornada de su bautizo como acusada: una chaqueta y un pantalón de tonos oscuros y unos botines. Durante la asfixiante jornada –tanto por el bochornoso calor reinante en la sala de vistas como por lo pesados de los argumentos jurídicos– la exduquesa de Palma dejó su bolso debajo de su silla y no lo tocó en ningún momento.

A diferencia de otros encausados, abogados, periodistas y público, no bebió agua, ni se abanicó para combatir la elevada temperatura ambiental.

La hermana del rey Felipe VI, cuyo retrato preside el aula donde se celebra el juicio del siglo, presentaba unas pronunciadas ojeras y al principio de la vista parecía a punto de soltar alguna lágrima. Estuvo muy seria en los primeros minutos, aunque luego su rostro y el resto de su cuerpo se adaptaron a la maratón jurídica.

Su condición de infanta (fogueada en actos públicos y eventos sociales) le sirvió para aparentar interés por los soporíferos turnos de intervención de las defensas y las acusaciones. Ella, como muchos acusados, abogados, periodistas, espectadores y hasta las miembros del tribunal, siguió el "master" intensivo de derecho procesal y penal a través de las numerosas pantallas de televisión colocadas estratégicamente.

Todos estábamos presentes en en la sala de vistas, pero los ojos, por rutina mediática, se iban a las pantallas. Hay muchos ángulos muertos en ese aula magna de la escuela de funcionarios: más de un abogado se quejó de no ver a su cliente. Virginia López Negrete, la acusadora popular a la que fiscal y algunos defensores propinaron varios sonoros "zascas" (bofetones) dialécticos por la mañana y la tarde, trató, sin éxito, de que para otros días le colocaran en la primera fila de las acusaciones argumentando, precisamente, que quiere ver la cara y seguir el lenguaje no verbal de los encausados cuando les interrogue. La presidenta del tribunal, Samantha Romero, que no supo o quiso apretar a las partes para que fueran más breves en sus intervenciones, contestó a la letrado de Manos Limpias que se apañara con las pantallas y que cuando llegue el turno de los interrogatorios los acusados estarán sentados más cerca del tribunal y de ella.

Saludar al cronista

Los exduques de Palma se mezclaron en los recesos y pausas de la sesión en los pasillos con acusados, periodistas y partes. Cristina de Borbón e Iñaki Urdangarin contaron con un escolta personal, que les acompañaba por los pasillos y que asistió a la vista oral sentado entre el escaso público al que atrajo el evento. En los pasillos saludaron a este periodista.

No se llenaron los asientos de los espectadores y tan solo 16 ciudadanos ejercieron su derecho a asistir a una especial audiencia. Tras el parón para el almuerzo, el escaso público desertó y ya no volvió al juicio. Ni fuera ni dentro de la Escuela Balear de Administraciones Públicas el caso Nóos movilizó a la ciudadanía, que siguió con sus quehaceres habituales y dio la espalda al proceso.

Si la hija del rey Juan Carlos apenas movió un músculo en las muchísimas horas de banquillo y tan solo se apretó ligeramente los labios en algunas contadas ocasiones, su marido tuvo algunos problemas para acomodar sus largos brazos y piernas en el estrecho espacio entre hileras de acusados.

Urdangarin habló, antes del inicio de la sesión, con su examigo Diego Torres, sentado a su lado por cuestiones procesales. Torres y su esposa Ana María Tejeiro sí que estuvieron cercanos con este cronista, al que confesaron que, de momento, piensan pelear con uñas y dientes para demostrar su inocencia.

Los Torres se cruzaron en un receso en los pasillos con los Urdangarin. ¿No os habláis?, peguntó el periodista al ver que no cruzaban palabra. "Sí, claro que nos hablamos", respondió el exprofesor universitario que se alejó de Iñaki Urdangarin en 2008 por diferencias sobre el reparto de beneficios en Nóos.

Galletas de Inca para comer

La parada para almorzar fue de hora y media. Juezas, abogados, acusados y periodistas se lanzaron a los pocos bares y restaurantes de Son Rossinyol para comer un tentenpié. Los Torres, prudentes, no quisieron salir de la Escuela de Administración Pública y comieron unas galletas de Inca sacadas de una máquina. Su abogado, el incansable Manuel González Peteers, salió del edificio pero aseguró no haber ingerido nada. Peteers protagonizó una de las anécdotas del día al introducir la "heterodoxia sexual" en medio de uno de sus informes jurídicos. El abogado barcelonés lanzó ayer otro misil: "voy a presentar unos 400 correos electrónicos nuevos que me ha preparado mi cliente", adelantó en una pausa.

Quien estuvo muy amable y sociable a lo largo del funesto día fue el expresident del Govern Jaume Matas. "Estoy encantado me han colocado un nuevo audífono y he recuperado la audición, antes no oía nada y estaba totalmente aislado", comentaba eufórico un Matas que parecía no jugarse nada en el caso Nóos.

Un periodista le comentó al exministro de Medio Ambiente porqué no se quitaba la prótesis dado lo tedioso de la sesión. En ese momento apareció el principal abogado de la Infanta, Miquel Roca, que, bromista, comentó: "Jaume no se quita el audífono por coqueto".

Roca, al que Virginia López Negrete evocó como "uno de los padres de la Constitución", pareció echarse alguna cabezadita durante las intervenciones de sus compañeros. Otro defensor de doña Cristina, Jesús María Silva, fue el portavoz del equipo jurídico y en su primera intervención comparó la situación procesal de su clienta con "la peor pesadilla jurídica del prestigioso jurista Emilio Gómez de Urbaneja".

Las tres magistradas de la sala primera sufrieron ayer una enorme tensión: su voluntad era acabar las cuestiones previas en la primera jornada, pero las pesadas partes no se lo pusieron nada fácil. La vista se empantanó pasadas las ocho de la noche por culpa de las nuevas y viejas pruebas que las defensas pidieron incorporar al proceso, entre ellos los correos de Diego Torres.

El tribunal se retiró a deliberar por espacio de 20 minutos, pero la cosa se alargó mucho más. Acusados y partes esperaron en la sala de vistas el final de un día infernal para doña Cristina.

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