Caso Nóos / Opinión

El fiscal blanquea a la Infanta

Pedro Horrach coincide en el noventa por ciento de las acusaciones con un juez al que culpa de "parcial, subjetivo, incongruente"

27.06.2014 | 06:50
Un enfrentamiento personal pagado por los contribuyentes.
Un enfrentamiento personal pagado por los contribuyentes.

El fiscal blanquea a la Infanta. Con unas manos de cal y yeso, la arrinconada estatua de cera se transforma en una figurita de escayola. La beneficiaria al cincuenta por ciento del saqueo llevado a cabo por el matrimonio Borbón/Urdangarin no tiene nada que ver con lo ocurrido. A sus órdenes. En un recurso de lenguaje panfletario, Pedro Horrach no se expresa como el presidente del club de fans de la hija y hermana de Reyes, sino como el enemigo público número uno del juez Castro. El fantasma de los celos.

El fiscal propone la coronación de Cristina de Borbón con la consiguiente imputación de todos sus presuntos delitos, y alguno más, a José Castro. La inocente avecilla con palacetes en Madrid, Barcelona, Palma y Ginebra ha sido acusada por el ogro judicial "para ver si la pilla en un renuncio". Escalofriante. A continuación, Horrach acusa al juez de haber "relegado" los "parámetros de imparcialidad, objetividad y congruencia".

Si un juez es "parcial, subjetivo e incongruente" en la docta versión de un fiscal, ¿qué le queda? Y sobre todo, ¿qué futuro les espera a los sucesivos ciudadanos que han de pasar por sus manos? Horrach había bordeado la acusación formal de prevaricación en alguno de sus folletines previos. Aquí desborda la atribución de injusticia, para proceder a una impugnación del personaje en su totalidad. No deja ni las cenizas del magistrado a quien no perdona que le haya arrebatado el protagonismo del caso Infanta.

Sin embargo, la brutal descalificación padece de una contradicción dialéctica. Horrach coincide en las decisiones adoptadas por Castro contra el noventa por ciento de los procesados del caso Infanta, y solo discrepa en dos que no son responsables principales.¿Qué podemos pensar de un fiscal que casi alcanza la unanimidad, en este caso y en muchos precedentes, con un juez carente de "imparcialidad, objetividad y congruencia", virtudes que no pueden calificarse de quita y pon, ahora soy parcial y ahora dejo de serlo?

Según Horrach, el juzgado de Instrucción número tres de Palma está gobernado por un magistrado "parcial, subjetivo e incongruente", con el que además coincide en casi todo. Alguna medida profiláctica debería adoptar al respecto, su labor de inspección no puede ceñirse a determinar en un documento oficial que "este médico empeora la salud de los pacientes que pasan por sus manos", dejando desprotegidos a futuros enfermos. Y así sucesivamente.

Por fortuna, la explicación resulta mucho más sencilla. Estamos asistiendo a un enfrentamiento personal pagado por los contribuyentes, y sonrojante para quienes persistan en mantener un átomo de confianza en la administración judicial. A riesgo de pecar de "parciales, subjetivos e incongruentes", cuesta atribuir al juez el papel de provocador en una querella auspiciada desde Madrid y que obliga a conjeturar –la palabra favorita de Horrach– que muy graves deben ser los pecados de Cristina de Borbón.

Desde el punto de vista penal, los delitos atribuidos al matrimonio Borbón/Urdangarin son tan respetables como cualquier otro. Socialmente, se contagian lógicamente de la grandeza de sus presuntos autores. De ahí que, en el intercambio epistolar a mamporros con el juez, Horrach no desea concederle ni la autonomía de sus decisiones "parciales, subjetivas e incongruentes". Y aquí cabe reprochar a la guionista del fiscal que haya buscado un cómplice demasiado tópico, la prensa.

En la erudita versión de Horrach, el cerebro de Castro se habría visto sometido a "la contaminación judicial por la influencia de los medios de comunicación", materializada en ondas asesinas o "interferencias mediáticas". Qué original, la prensa acaba teniendo la culpa de los millones que se embolsaban los Borbón/Urdangarin y del disparate anejo de pretender su recuperación.

En primer lugar, Horrach patentiza aquí su ignorancia absoluta sobre los medios de comunicación, aunque ningún periodista debe reclamar el monopolio de pontificar sobre lo que desconoce. Si alguien dominara la manipulación de los flujos informativos –Google y Amazon invierten billones en lograrlo–, ya lo hubiera patentado. En vez del ampuloso "medios de comunicación", debería haber escrito "opinión pública", con lo que se le entendería mejor aunque su obsesión quedaría camuflada y la denuncia sonaría extraña en un representante del ministerio público. En fin, probablemente es tarde para educar al fiscal en la frase del juez Oliver Wendell Holmes sobre el "mercado de las ideas", tan caótico como Wall Street.

Sobre todo, el fanático de los medios de comunicación y "contaminado" por ellos es el propio Horrach. Escribe sus manifiestos pivotando alrededor de la prensa de Madrid, que por cierto le mima con más pasión que a Castro. El fiscal ha vivido los últimos meses prácticamente secuestrado por periodistas. Dado que acusa a Castro de la "contaminación" venenosa de los medios, no tendrá inconveniente en detallar la agenda de contactos y reuniones que ha mantenido a lo largo de este año con representantes de la vil canallesca a quienes Dios confunda. Empezando por Vanity Fair.

Señores, un poco de humor. Castro y Horrach han cambiado la historia de Mallorca con mayor energía que cualquiera de sus gobernantes. Aunque sea desde la "parcialidad, subjetividad e incongruencia", creo que la labor del fiscal anticorrupción supera a la del juez en este capítulo. Los procedimientos auspiciados por Horrach fueron radicales porque así lo exigía la gravedad de los delitos investigados. No había en su determinación ni rastro de "la sana guía de la duda" que hoy exige a su enemigo. Los gobernantes detenidos en dependencias policiales humillaban a todo un pueblo, hasta que se recuerda que acabaron en la cárcel, en la mayoría de casos tras confesar sus fechorías. A propósito, las instrucciones de Castro por corrupción se cuentan por condenas.

En su vejez, a George Bernard Shaw se le ocurrió establecer una versión definitiva de sus obras de teatro. Las podaba salvajemente, no dejaba en pie ni rastro de la genialidad que le había otorgado justa fama. Sin embargo, sus perplejos discípulos no podían negarle el derecho de autor a la modificación arbitraria de sus textos. Un estupor semejante asalta a quienes admiramos a Horrach desde "la parcialidad, subjetividad e incongruencia". Está empleando los argumentos de quienes se oponen a la lucha contra la corrupción que capitaneó. Necesita un descanso.

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