Escuelas que no enseñan a pensar

La pobre inversión en educación es un obstáculo para lograr mejores resultados, pero no el único. Así lo señalan estos estudiantes, que reivindican cambios sociales y un sistema que propicie el pensamiento crítico

 06:30  
Alejandro, Roberto, Patrick y Pascal, en un momento del debate.
Alejandro, Roberto, Patrick y Pascal, en un momento del debate. Manu Mielniezuk
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MAR FERRAGUT. PALMA La educación es como el fútbol o la crisis: todo el mundo sabe, todo el mundo comenta, todo el mundo tiene la solución. En el caso del ámbito educativo llama la atención que pocas veces se escuchen las voces de los principales protagonistas: los estudiantes; jóvenes que hoy además son las víctimas directas de los ajustes económicos en el sector.

DIARIO de MALLORCA ha reunido a cuatro estudiantes, dos de instituto y dos universitarios, para escuchar sus impresiones sobre lo qué va mal en la educación de nuestro archipiélago; para tomar nota de las opiniones de los que no sólo están en la primera línea de batalla, sino que acaban los cursos victorioso. Algunos con resultados brillantes, como Roberto López, que acaba de terminar Bachillerato con Matrícula de Honor en el instituto de Ses Estacions y estudiará Filosofía; Patrick Cobos, al que le quedan dos asignaturas para acabar Economía en la UIB; Alejandro Gómez, que en septiembre empezará 2º de Bachillerato en el instituto Juníper Serra; y Pascal Aggensteimer, de origen alemán y espíritu combativo que se acaba de licenciar en psicología.
Sin dudarlo, señalan la falta de inversión en educación (de ahora y siempre) como uno de los principales lastres de la educación balear. Defienden el trabajo de sus profesores (unos docentes a los que ya se les empieza a notar el agotamiento por los recortes) y subrayan la necesidad de cambiar aspectos de la metodología y el contenido de la enseñanza que reciben para intentar aumentar la motivación.

¿Cuál es el principal obstáculo para mejorar la educación?
Para estos jóvenes hace tiempo, ya de antes de la crisis, que uno de los principales problemas es la pobre inversión que se hace en educación. Así lo indica Pascal, que denuncia que es necesario aumentar ese dispendio “ya que desde siempre aquí se ha invertido poco”. Para él, eso sería lo principal, “pero no lo único. ”Patrick va en la misma línea, y cree que hay que empezar por “meter más dinero, o, por lo menos, dejar de quitar”.
Roberto se muestra de acuerdo pero señala otra tarea pendiente de la sociedad: “Valorar más el trabajo del profesor”, algo que precisamente ahora con la crisis y los ajustes no se está haciendo. “Con los recortes empeoran mucho sus condiciones y esto puede llevar a un descontento que afecte a su manera de dar las clases”, advierte. Razona que el trabajo de un docente es algo especial y que ya “se nota” que los profesores se están quemando. El riesgo es que el profesor “se limite a dar el temario y ya está”. Cuando la tarea de la escuela, recuerdan, es mucho más que eso.
Alejandro recoge también el obstáculo que supone la falta de recursos, pero subraya la importancia del entorno: “Una isla que vive del turismo y donde mucha gente deja de estudiar antes de tiempo para meterse en la hostelería”; algo que ellos han visto muchas, muchas veces. Para Pascal, todo forma parte de un plan ya que al Gobierno ya le va bien tener gente poco formada que cojan los trabajos del sector servicios: “Creo que es intencionado, el objetivo principal es educar a la gente lo justo”.
“Es el objetivo directo, pero hasta ahora no ha habido más”, apunta Patrick, “en la universidad también se ve, hay muchos que lo dejan”, asegura: “En nuestra promoción empezamos 60 y hemos acabado 15, contando a otros que han repetido de otros cursos”. Eso sí, recuerda que con la crisis ha crecido el número de alumnos porque “la gente se ha dado cuenta de que no hay trabajo y hay que estudiar”.

¿En qué se notan los recortes y cómo afecta eso a la calidad?
Los recortes ya se han notado este año y más que se notarán el próximo curso, prevé Alejandro, que señala que este curso lo han notado en cosas tan básicas como “la calefacción y las fotocopias” hasta la ‘desaparición’ de “orientadores y profesores de apoyo”. La lucha por las fotocopias también se ha hecho sentir en Ses Estacions, donde según cuenta Roberto los profesores tenían un tope mensual; unos docentes a los que asegura que ya se les nota que están “muy agobiados y fastidiados”.
Alejandro explica que en el aula muchas veces acababa saliendo el tema y perdían las clases hablando de los recortes y debatiendo. Desde la Universitat, Patrick y Pascal también han echado de menos la calefacción y han visto síntomas de cansancio en los docentes.
“Algunos nos dicen que van a dejar de trabajar la parte proporcional al sueldo que les han quitado, y si dejan de trabajar un 7% de horas... pues vamos bien”, apunta Patrick. Pascal por su parte cuestiona las medidas de ahorro adoptadas. Recuerda que hace solo tres años tanto la UIB como los colegios e institutos empezaron “a modernizarlo todo, con pizarras digitales, proyectores, ordenadores... “¿Y ahora tenemos que ahorrar en calefacción?” , se plantea. “Se toman muchas medidas de ahorro que son de cara a la galería, puro marketing, ”concluye.

¿Qué parte de responsabilidad tienen los profesores?
Respecto a los profesores, los chavales defienden su labor. Alejandro reivindica el trabajo que hacen y quiere combatir esa imagen de vagos que a veces se les atribuye: “Se lo curran, hay mucho trabajo que no se ve, echan tardes y tardes y fines de semana corrigiendo, haciendo evaluaciones, biografías para el curso que viene... trabajan mucho”, apunta. Y ahora, recuerda Patrick, tendrán que seguir trabajando en clases con hasta 36 alumnos, sin calefacción y con el sueldo reducido.
Todos los defienden, pero Pascal se muestra crítico con la formación que reciben, al echar en falta más labor pedagógica: “Muchos saben matemáticas, pero no saben cómo enseñarlas; no saben cómo transmitirlas”.

¿La escuela nos enseña a pensar?
El ministro de Educación, José Ignacio Wert, quiere que a partir de 3º de ESO los alumnos decidan si quieren encaminarse hacia el Bachillerato o hacia la Formación Profesional. Al preguntarles su opinión, Alejandro pone sobre la mesa otro debate mucho más interesante: ¿Las escuelas ya no enseñan a pensar? ¿A despertar el espíritu crítico?
“A mí me parecería perfecta esta medida si en los cursos antes se implantara un grado de madurez en los estudiantes, si les llevamos como borregos hasta 3º de ESO y luego les decimos elige... igual no van a saber”, indica: “No se les forma desde un principio para pensar y saber qué quieren”. Pascal se muestra de acuerdo: “Se enseña sólo a obedecer y a hacer, a cumplir el temario marcado”. Roberto también lo ve: “El profesor llega y dice de aquí a final de curso tenemos que dar este temario, y punto”. Lamenta que se siga ese proceder incluso en asignaturas como Filosofía, donde apenas se da cabida a los debates, “a la reflexión conjunta”.
En la universidad la cosa cambia. En su estancia en Suecia de Erasmus, Patrick se dio cuenta de que en ese sentido allí están peor y sólo se les enseña a hacer un trabajo y punto: “De ahí no salen”. Pascal, que hizo un curso en Alemania se sorprendió de la cantidad de intervenciones que hacían los alumnos en clase y consideró que lo ideal es un equilibrio entre las preguntas de los estudiantes y la enseñanza de los contenidos.

¿Es adecuado lo que se les enseña y cómo se les enseña?
No les enseñan a tener espíritu crítico, pero ¿y los contenidos que les enseñan y cómo se los enseñan? ¿Están satisfechos con eso? Tampoco. “El currículo está totalmente desfasado”, apunta Pascal, “no te enseñan a leer algo tan fundamental como el BOE”. El joven es duro al considerar que “son 18 años casi de perder el tiempo”. Para Alejandro, el problema es de conjunto: “Te meten tantas cosas, tan junto, once asignaturas, año tras año... de un curso para otro ya lo has olvidado todo”.
Echan de menos además que les enseñen a aplicar lo aprendido a una realidad práctica, que es precisamente el tipo de preguntas que plantean en pruebas como PISA, dónde Balears quedó en los últimos puestos. Roberto lo ve claro con el ejemplo de la asignatura de Economía: “No aprendimos nada práctico; no nos explicaron bien la crisis; o cómo funciona la economía del país... lo que nos enseñaron no nos sirvió para nada”.
Con el inglés consideran que sucede algo parecido, ya que después de 14 años estudiándolo pocos son los que pueden desenvolverse con él en Inglaterra sin haber tomado clases extra. Este caso lo ven como muy significativo. ¿Mejorarían las cosas poniendo asignaturas no lingüísticas en inglés como quiere instaurar el conseller de Educación, Rafael Bosch? Sí, pero no se ha de hacer de cualquier manera. Roberto cree que este tipo de medidas, como los intercambios, van por el buen camino, pero como razona Alejandro lo importante es que te hagan una buena base de inglés.
Para Patrick, el tema del inglés implica un cambio cultural más amplio y empezaría por dejar de doblar las películas. Es un cambio difícil, pero “por algún sitio hay que empezar”.

¿Cómo mejorar la comprensión lectora?
Otro aspecto concreto en el que también “falla la base” es en la lectura. “Los padres tienen que obligarte a leer, estimularlo”, considera Patrick, aunque Pascal le rebate que la sociedad también tiene su responsabilidad, ya que se difunde que cuando se es joven lo normal es ver la ‘tele’ y jugar a los videojuegos. “Hay que hacer más campañas de fomento de la lectura”, sostiene.
Surge otra vez el tema de la idoneidad de los contenidos, ya que todos señalan que las lecturas que se eligen en la escuela son “horribles” y lo único que consiguen es que “te guste aún menos leer”. Roberto recuerda que con 15 años le hicieron leer Muerte en Venecia: “Una locura, a esa edad nos podrían plantear otro tipo de libro más interesante y que entretenga”. A Patrick a los 16 años le hicieron leer La Colmena: “Y si ya no te gusta leer y te plantan eso a esa edad, menos que te va a gustar”.

¿Cómo afecta el ambiente que se vive en las clases?
“Nosotros éramos 33 en clase y sólo diez queríamos aprender realmente”, afirma Roberto al preguntarles por el ambiente en el aula: “Las dos primeras filas estamos atentos, y las otras cuatro hacían jaleo”, asegura. Lo llamativo no es que esto suceda en Secundaria, etapa obligatoria, sino que también se produzca en Bachillerato, donde se supone que están los que quieren seguir estudiando. “Pero todo padre quiere que su hijo estudie una carrera y lo meten ahí, aunque el niño no quiera”, ilustra Alejandro.
Ahí aprovecha Pascal para lanzar una reflexión más profunda: la motivación para estudiar. Pensando en la universidad, lamenta que “hoy en día la gente ya no estudia por vocación o autoestima, sino para conseguir un trabajo y subsistir”.
¿Cómo solucionar el tema de los alumnos que no quieren estudiar y molestan a los demás? Rechazan que se les confine y agrupe en clases determinadas. Pascal acude a experimentos psicológicos que demuestran que si en un grupo mediocre metes a buenos estudiantes, el nivel general subirá. “Hay que mezclarlos en la proporción adecuada”, concluye. Para Alejandro apartar a los malos estudiantes es “como asumir que serán un deshecho de la sociedad”. No hay que rendirse, considera, “hay que trabajar con orientadores, hablar con la familia... ver dónde está el problema y trabajarlo”. Para él, lo que está claro es que “no puedes tener a 33 chavales de 14 años en una aula con un sólo profesor: hacen falta más medios”.
Ahí interviene Pascal de nuevo con un estudio, señalando que se ha demostrado que hacen falta clases de 10 ó 15 alumnos para sacar el máximo potencial de cada uno: “¿Si la ciencia lo ha demostrado, por qué no lo aplican?”.

¿Hace falta más implicación de las familias?
Los jóvenes señalan que hace falta que las familias se impliquen, aunque consideran que unos padres demasiado autoritarios tampoco ayudan e incluso pueden tener el efecto contrario. Además, en muchos casos, creen que los padres no se implican más porque no pueden, por que el sistema cada vez nos hace trabajar más horas.

¿Esforzarse y sacar buenas notas está mal visto?
De nuevo, hablan de un problema de base, social, cuando señalan que “el esfuerzo no está bien visto”. Roberto precisa que “en los países asiáticos sacar buenas notas es admirable y te convierte en una persona popular”, cuando aquí “ser el mejor no significa nada”. Eso sí, cree que a una persona que saca buenas notas “no debería importarle eso”. Para Alejandro la cosa es aún más grave: “Lo guay y popular es suspenderlo todo, porque pareces más rebelde”.
Para el recién licenciado en Psicología todo deriva “de lo que nos transmiten los medios de comunicación, series, películas y programas”. Pone el ejemplo de la serie Aida, donde el chaval que saca buenas notas, Fidel, es ridiculizado: “Nos lo repiten porque no interesa que haya empollones, no interesa un pueblo educado”.

¿Perderá alumnos la universidad por la subida de tasas?
Patrick no ve del todo mal la subida (mínima) del precio del crédito en la Universitat si eso va a garantizar la calidad de la enseñanza pero Alejandro y Roberto creen que mucha gente quedará fuera de la educación superior. “Llegaremos a la universidad si nos lo podemos permitir”, dice el primero, “y no es fácil, aquí no hay muchas carreras y si quieres ir a la península, sin beca y viniendo de una familia de clase media es casi imposible por todo lo que tienes que pagar”. Roberto se ahorra mucho dinero gracias a su matrícula de honor en Bachillerato pero conoce casos de compañeros que están desesperados: “Me cuentan que sus padres están buscando préstamos para pagar la matrícula, ya pensando en toda la carrera y el máster, y en el banco les están pidiendo la casa como aval, un desastre”.
Los cuatro jóvenes coinciden, con resignación, en que ahora la carrera ya no te asegura un trabajo: “Ahora tienes que hacer mínimo un máster”. Saben qué mercado laboral les espera. Patrick explica que tiene amigos diplomados “que ahora buscan trabajo en McDonalds”. El casi licenciado en Economía pregunta a sus compañeros de mesa si ven alguna solución, pero estos no se muestran muy esperanzados. Pascal y Alejandro creen que con el ministro Wert, que no procede del sector educativo y no dialoga con los representantes, hay pocos motivos para el optimismo. Patrick y Pascal ya han decidido hacer la maleta y probar suerte en otro país. Roberto no lo descarta. Alejandro se queda: “Habrá que luchar por lo que está aquí e intentar sobrellevarlo como se pueda”.

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