JOAN RIERA. RIERA.DIARIODEMALLORCA@EPI.ES
Un día como hoy de hace veinte años, mientras en Barcelona los mallorquines Vidal y Soler se clasificaban para la final olímpica de fútbol, el escribidor de estas líneas se debatía entre la vida y la muerte en la cama 14a de la UCI, en la séptima planta de Son Dureta. Cuando en un artículo se va a hablar mucho en primera persona hay que pedir disculpas a los lectores y confiar en que el resultado final justifique tanta osadía.
Me llevó allí una peritonitis que había comenzado con un simple dolor de barriga. En el departamento de enfermos críticos del hospital ni siquiera funcionaba el aire acondicionado, pero las múltiples carencias técnicas eran suplidas por un equipo humano entregado a la causa de salvar vidas.
Después de 40 días en coma inducido, una reducción paulatina de las dosis de medicamentos narcotizantes me devolvió a un estado de semiconsciencia. Antes hubo una noche en que mi esposa, Isabel, y el resto de mi familia fueron informados de que probablemente no sobreviviría. También hubo un número de operaciones que no recuerdo por parte del cirujano Albert Pagán y el equipo del doctor Blanes. Al despertar fui preguntado por uno de los médicos, Joan López o Ricard Jordà, sobre qué recordaba. Dije que llevaba ingresado una semana y que con una corta convalecencia llegaría a tiempo para trabajar en las páginas que el diario iba a dedicar a las Olimpiadas de Barcelona. Hacía varios días que Los Manolos habían cantado, a modo de despedida, su ´Amigos para siempre´'.
Con el despertar de la consciencia se despertó también la obsesión por la comida. Un día le dije a mi familia que la conselleria de Obras Públicas me había regalado una ´porcella farcida´. Para mi solo era demasiado manjar, les conminé a que avisaran a mis compañeros del periódico para que se la comieran y que, a cambio, me trajeran una pizza. La pizza jamás llegó. No sé si ellos se comieron la lechona. Cuando el equipo médico decidió que de verdad podía comenzar a ingerir alimentos, me sentí como un condenado a muerte al que se concede la última voluntad. "Elige lo que quieras", me conminó el doctor Ricard Abizanda, "hay gente que ha pedido langosta y se la hemos dado". Más discreto en los gustos culinarios, opté por los canelones. "Demasiado fuerte", según el médico. Tuve que conformarme con un chocolate con ensaimadas.
Despierto, seguí otros 40 días en la UCI. Cada mañana el doctor Xavier Valle se acercaba para preguntar cómo estaban esos ánimos. Las enfermeras como Joana o Marga proporcionaban uno de los escasos placeres que recuerdo: el lavado de la cabeza. Sorprende tanta dedicación por parte del personal. Y más si se tiene en cuenta que una noche, harto de hospital, les dediqué una sarta de insultos en el que el más suave era "nazis". Dijeron, supongo que para tranquilizar mi conciencia, que había sufrido el síndrome de UCI.
Cuando comenzó el proceso de rehabilitación, una frase del doctor Jordi Ibáñez me conmocionó: "Cuidadlo, que es un resucitado". ¿Cuánto cuesta resucitar a alguien?, ¿Es rentable €y no me refiero solo a términos económicos€ hacerlo?
En aquellos meses se hablaba mucho de presentar la factura del coste de cada tratamiento a los enfermos, no para cobrarla sino para que tomaran conciencia del coste de la sanidad. No me la entregaron. De haberlo hecho la suma hubiera sido millonaria, inasumible para un asalariado con hipoteca.
Hubo suerte. No vivíamos en época de recortes. Nadie se hubiera planteado dejar sin atención a un inmigrante o a un menesteroso. ¿Qué ocurrirá en el futuro?, ¿seguiremos contando con una sanidad universal como símbolo de solidaridad entre los más afortunados y los que carecen de casi todo? Lo más probable es que no. Que los economistas que gobiernan el mundo y los políticos que siguen sus dogmas, aunque fallen más que una escopeta de feria, concluyan que quien quiera una atención médica se la pague de su bolsillo. Volveremos a la versión individualizada del darwinismo: solo los más fuertes, o los más ricos, sobreviven.