MATÍAS VALLÉS
Los partidos políticos de Balears se han empeñado en perder las elecciones, pero esa constatación no convierte a Jaume Font en un mártir, ni siquiera hace de él un valeroso Tomás Gómez. Si el ex conseller de Matas hubiera sido desalojado de las listas electorales por razones ajenas a su imputación en el Plan Territorial –y hay muchas–, seguiría enarbolando la mácula de su trajín judicial como el pórtico de su desdicha.
Por tanto, Font es el primer político que utiliza la corrupción en defensa propia. Ha de ser candidato forzosamente, porque está imputado. En su particular cosmovisión, la limpieza de las listas no responde a una esencial medida higiénica, sino a una discriminación inaceptable, casi un atentado racista. De nuevo, ni Bauzá es Sarkozy, ni el ex alcalde de sa Pobla es un inmigrante rumano.
El emocionado canto de Font a favor de los derechos de los imputados no se detiene en fronteras ideológicas. Para sostener sus argumentos le sirven incluso candidatos socialistas bajo sumario, como Xico Tarrés. El diputado del PP acierta al concluir que ambos merecen la misma suerte. En concreto, la retirada de sus respectivos nombres de las listas, aunque el presidente de Eivissa se considere "víctima de un error judicial". Los políticos deberían aprender que la mala suerte puede conducir a la dimisión.
Font arenga a Bauzá para que tome ejemplo de Antich, incorporando una cuota de imputados en sus listas. Este manifiesto transversal demuestra que el diputado del PP le está disputando el liderazgo al presidente de su partido, con notable retraso y sin ir de cara. Sus quejas sobre la "caza de brujas disfrazada de renovación" tendrían más valor si las hubiera formulado antes de que le afectaran personalmente. Alguien que no esté convencido de su altruismo pensará que le mueve un interés personal.
Contra el estigma de los imputados, Font invoca la absolución masiva del caso caballistas. Aquí olvida que él mismo fue condenado por el Supremo a raíz de un delito electoral, por lo que conviene mostrar reticencias frente a la limpieza del juego político, e investigarlo concienzudamente.
Font, Flaquer y demás ex consellers son líderes provinciales, no providenciales. Son más culpables de soberbia que de sus maniobras orquestales en la oscuridad del Govern. Les parece imposible que haya candidatos mejores, capaces de detectar el talante de Matas sin necesidad de cuatro años de sumisión. Font calló mientras se sucedían los desastres, y sólo se muestra levantisco cuando lo sacrifican. Aunque le parezca inasumible, tanto da él como cualquier otro. Su última lista electoral perdió el poder.