Reportaje. Así pasan el invierno quienes hacen funcionar la temporada alta
ALBERTO MAGRO. PALMA.
Jesse no se llama Jesse. Ni se apellida Hombre Bandera. Es Luca de Cavasin desde hace 39 años. Pero eso en Mallorca lo sabe muy poca gente: apenas la novia del artista y, desde ahora, ustedes. Tampoco Javier Uvete es el mismo en invierno y en verano. Aunque al menos no cambia de nombre. Sí de profesión, pero poco. Cuando el sol calienta las playas de la isla Javier enseña a peinar el viento con una vela de windsurf. Cuando el frío reduce a la mitad la población de Mallorca, hace lo mismo que la mayoría: se va. Aunque su moreno permanece: ya no brilla con el dorado estival, pero sí con el bronceado implacable que el sol de invierno tatúa en quienes se atreven a deslizarse por las estaciones de esquí de Andorra. Allí Javier también enseña, aunque ya no peina viento: muestra los trucos para bailar sobre la nieve con unos esquís. Y así será hasta que el calor derrita las pistas y reabra Mallorca.
Para ello queda poco. Lo saben los currantes del verano, esas 100.000 personas que cada octubre cambian la nómina por la cola del paro. O por un letargo de cotización no remunerada. Es el caso de Magdalena Torrens, la impecable guía turística que cada verano cuenta en varios idiomas los secretos de Mallorca, mientras guarda el suyo para sí. Porque nadie imaginaría a Magdalena en chándal glosando las maravillas de la catedral o la intrahistoria de las curvas que conducen a sa Calobra, pero ese es justo el aspecto que luce en invierno. Y con orgullo. "No me quito el chándal para casi nada", confiesa con el humor cálido y vacacional que le regala el frío del invierno.
No es para menos. En su tránsito a pie cambiado por las estaciones invierno significa tiempo, bien preciado que en esta isla se esfuma con el sol: cuando la temporada empiece, Magdalena tendrá que hacer malabarismos con un cronómetro para disfrutar de sus hijos, su casa y sus viajes la mitad del tiempo que lo hace ahora. "Para mí ser ama de casa son vacaciones", afirma rotunda, mientras cuenta las horas para que empiece la locura. En marzo arranca un carrusel de excursiones que no frena hasta bien entrado noviembre. En ese tiempo –y si todo va bien– esta guía liderará 200 grupos de turistas ávidos de Mallorca. Y solo habrá tiempo para una cosa: trabajo.
De ello habla Juan Antonio Ruiz, pluriempleado en verano e hiperajetreado en invierno, que ahora corre pero no vuela. En verano sí: cuando mayo multiplique las bodas, Juan Antonio se multiplicará también para exhibir su talento para el baile y el morbo por las despedidas de soltera que caldean la isla. Y de ahí a las discotecas para las que este stripper y coreógrafo trabaja en Mallorca, donde gestiona una agencia de espectáculos (www.mallorcaespectaculos.com) que en invierno carbura a medio gas. Mientras tanto Juan Antonio apura los días entre libros, clases, reuniones, cástings, gimnasios y preparativos: "La verdad es que no paro: estamos seleccionando chicas para las discotecas, hago dos horas de gimnasio al día, estoy escogiendo música para algunos espectáculos y me tomo muy en serio las clases". Con ellas Juan Antonio Ruiz aspira a convertirse en técnico superior en dietética y nutrición, profesión con la que planea apartarse de la doble personalidad que provoca su trabajo estacional. "Creo que este va a ser mi último verano bailando", adelanta, tras confesar unos 38 años que no aparenta. Sus horas de gimnasio le cuestan. Y una vida más sana de la que se le supone a un trabajador de la noche. "No bebo ni fumo. No descansamos de abril a octubre. Si no te cuidas, no aguantas". Y Juan Antonio sabe bien qué significa aguantar: no ha parado desde que hizo su primer striptease con 18 años.
Dos mudanzas al año
Tampoco perdona Xela Abril, una viguesa con un apellido que no hace justicia a su pasión por el verano. Tiene 26 años y se ha pasado los últimos ocho a ritmo de dos mudanzas al año. La primera, en mayo, cuando arrincona en Vigo los jerseys del invierno gallego y saca del cajón los bikinis del verano balear. La segunda, en octubre, cuando, más morena de lo que el tipismo genético galaico proclama, pliega verano y vuelve a casa. "Vengo cada año con unos kilitos de más del puchero de mamá y vuelvo a casa con unos cuantos de menos. Pero no paro. Trabajo todas las noches de camarera y por el día vendo entradas para discotecas en la playa. Es matador, pero me encanta", explica con energía mientras tacha días al calendario que la sacará de Galicia rumbo a Eivissa, donde espera ganar lo suficiente como para sestear en Vigo. "Igual este otoño sigo trabajando. Voy a intentar entrar en un crucero. Si no, le daré duro al Derecho, porque esta vida no es para siempre", reconoce, antes de desnudar su nómina: cada verano saca entre 12.000 y 15.000 euros, con los que vive "sobrada" el resto del año "en casa de mamá".
De ahí lo del Derecho. De ahí, y de los consejos de amigos suyos, como Enric Adrover, que hace dos octubres se cansó de la estacionalidad de la barra de cócteles de su Mallorca natal. Harto de cambiar de vida a golpe de calendario, se fue a buscar estabilidad a la capital con más rotación laboral: Londres. Paradojas del trabajo. "Tengo más tranquilidad. Este verano volveré a Calviá... de vacaciones", responde desde la City, donde le pagan sus dotes de barman tan bien que prefiere no contarlo: "Mejor no lo digo, que se me vienen todos los amigos de Mallorca a buscar trabajo a Londres", explica en tono de broma desde el país de la libra.
Aunque su broma tiene poco de chiste para muchos de los trabajadores del verano mallorquín, que se pasan los meses de calor sin frenar ni para dejar de sudar. Como Yamila, una argentina de 28 años que ilumina desde una tarima las noches de canícula de la isla. Es go-go y stripper. O traducido: no para. "El verano es terrible, terminas muerta. Pero con lo que pagan es la única forma de poder vivir en invierno. No descanso ni un día". Y a ritmo de 60 euros por noche de baile sin tregua, reúne unos 2.000 euros en los meses buenos. "Da más o menos para el invierno y en temporada baja intento trabajar de día". ¿Dónde? Donde puede: en un solarium, en una tienda, en una cafetería… Aunque no rechaza sacarle euros a la noche. Los últimos meses lo hizo en Abraxas, dónde animaba el cotarro como go-go hasta que el local liquidó a sus bailarinas. Por eso Yamila se plantea lo mismo que Juan Antonio Ruiz, su amigo y colega de profesión: cambiar de oficio en breve. "A los 30 lo dejo. Estoy cansada. Y aquí pagan mucho menos que en la península, donde algunas amigas sacan 90 por noche", explica, satisfecha de su forma de vida pese a todo. "Disfruto de lo bueno del invierno, que es trabajar menos, y de lo bueno del verano, que es ganar dinero".
Años sin disfrutar del verano
Así están casi todos los profesionales de la temporada alta, castigados y a la vez alimentados por un privilegio que para ellos no existe: el que convierte el calor en tiempo de descanso y vacaciones. "En parte tengo ganas de retirarme por eso. Quiero disfrutar del verano en Mallorca", subraya Juan Antonio, al que los bailes y sus responsabilidades en discotecas como Paradise privan de relajarse al calor de su isla. Lo mismo les pasa a quienes más tiempo entregan a la playa: los socorristas. "Trabajamos casi todos los días, por no decirte todos, con jornadas de diez y doce horas al sol y por un sueldo de risa. Acabas quemado por el sol, por el salario, por las condiciones de trabajo y porque no nos dan ni para crema". Quien así habla es Joan, de 22 años, que renuncia a dar su apellido por una sencilla razón: espera exprimir el oficio por tercer año seguido, y no está el sector para bromas. "Lo que nos pagan es de vergüenza. El que llega a 1.200 euros tiene mucha suerte", insiste Joan, que en invierno guarda el bañador para vestirse de "estudiante y explotado por horas" en bares de noche. Sus quejas encuentran comprensión en la Federación Balear de Salvamento y Socorrismo, en la que apuntan que son muy pocos los chavales que resisten más de dos años en la arena. "La mayoría son estudiantes, pero están como mucho dos veranos", comenta el presidente de la Federación, Carlos de España. Cuenta además que las playas han empezado a nutrirse de socorristas sudamericanos (fundamentalmente argentinos), que doblan turno para combatir la estacionalidad: primero se ganan los euros en las playas mallorquinas y después vuelven a casa a sacarle plata al verano austral.
Para ellos no hay parón invernal. Aunque es a costa de viajar mucho y trabajar aún más. Jesse lo hizo durante un tiempo. Y Javier Uvete lo sigue haciendo. "Podría vivir con lo que saco en verano en la escuela de surf, pero prefiero doblar turno y dar clases de esquí en invierno: me gusta vivir bien, y prefiero trabajar más y tener dinero. Aunque es un tostón, siempre con los bártulos de un lado a otro". Le entiende el Hombre Bandera, un artista de la acrobacia que durante años compaginó veranos en Mallorca con inviernos en el camino. Tantos que la vida de este italiano con base en la isla es una sucesión de postales: habla de break dance en las calles de París, de espectáculos en Salvador de Bahía (Brasil), de los inicios en Milán y el aprendizaje en Madrid y un buen puñado de capitales europeas. "Empecé con catorce años", dice Jesse. Ahora, a los 39, dedica el invierno a entrenar cada día tres horas al sol del Portitxol, donde convierte el espectáculo que le reporta en verano 5.000 euros mensuales en una atracción gratuita para turistas y curiosos. "No pongo para que la gente eche monedas: sólo entreno". Otra cosa es el verano. Entonces su cuerpo enjuto y fibroso sale cada tarde de su casa en Algaida para poner rumbo junto a su novia a los hoteles en los que cautiva a los turistas. "Ella es cantante y en invierno estudia interpretación", abunda Jesse, que como muchos currantes del verano tiene un plan B para un futuro lejos del síndrome de Jekyll y Hyde que es la estacionalidad. "Enseñaré pilates. El cuerpo no aguanta siempre y hay un riesgo: una lesión me mata la temporada".
Siempre a contracorriente
Y la temporada es la vida. Para Jesse y para miles de trabajadores de la isla. Como los de la familia que gestiona desde hace tres generaciones uno de los chiringuitos emblemáticos del verano mallorquín: La Ponderosa, en playa de Muro, junto a ses Casetes des Capellans. Allí reciben los hermanos de Carlos Ramis. Antes lo hicieron sus padres. Y mucho antes, allá por los sesenta, sus abuelos. Son así una familia estacional que ha viajado por el tiempo de la mano del turismo. "El negocio lo abrieron mis abuelos, que tenían una casa junto a la playa. Pasaban por allí los turistas, que como no había nada cerca, paraban a pedir agua. Así que se les encendió la luz y empezaron a ofrecer refrescos, hielo... y hasta ahora". Ahora el negocio lo llevan los nietos, que trabajan hasta la extenuación en verano para tomar aliento en invierno. Aunque no demasiado. "Mi hermano pequeño, de 27 años, lleva años yéndose a Londres en invierno a restaurantes un poco conocidos para aprender, aunque este año está haciendo un posgrado de gestión de la empresa hostelera. Y mi hermana, que lleva la cocina, también hace cursos para mejorar la carta e incorporar ideas", relata Carlos Ramis, para el que la vida dual de la hostelería es demasiado dura. "Cuando los demás están libres y pueden hacer cosas, tu trabajas. Es duro hacer la vida al revés de los demás". Aunque a veces no queda más remedio.