MATÍAS VALLÉS
Antich ha sido el último en enterarse de la traición de su pareja política, que recaudaba a sus espaldas. El president se sentía resguardado en la posición más confortable del adulterio, porque resulta muy cómodo saber que sólo eres una víctima. Informado de la magnitud del engaño, ha combinado el repudio a los felones con el espejismo de que puede gobernar a solas. Sólo así puede explicarse la designación de Joana Barceló como consellera de Turismo, avanzando un Govern del PSOE que no se corresponde con el veredicto de las urnas ni con la composición del Parlament.
No es nada personal. Puestos a tener gobernantes, que sean como Barceló. La presidenta a perpetuidad del Consell menorquín no viajó a Mallorca de vacaciones. Le guiaba la lógica ambición política, pero tampoco vino a hacer Turismo. Antich se enfrenta a una situación de emergencia, que el PP no puede pilotar por falta de presidente y exceso de corruptos. En tan dramáticas circunstancias, el departamento con más consellers que turistas debería haberse reservado a una personalidad neutra o escorada hacia posiciones incluso más conservadoras que las socialistas, y ya vendrán siglos mejores.
Si Antich quería celebrar la categoría de referente de Barceló, podría haberla elevado a la vicepresidencia efectiva que ya ejerce con Moragues. El president ha arriesgado una designación de camarilla porque no ha nombrado consellera, sino sucesora. Ni en su peor momento pierde la oportunidad de alancear a Francina Armengol, postergada de nuevo. El único inconveniente para la consellera de Turismo en tránsito hacia el Consolat es que Balears no es Menorca, por suerte para la segunda.