Operacion Voltor. Corrupción generalizada entre directores generales
MATIAS VALLES. PALMA.
Jaume Matas es el primer presidente autonómico de la historia de España que vio cómo detenían en el despacho oficial a uno de sus directores generales, Jaume Massot. El fugitivo de Miami acaba de ser superado por Francesc Antich, que es el primer presidente autonómico de la historia de España que ha visto cómo detienen en el despacho oficial a dos de sus directores generales, junto a otros cargos menores pero no menos sospechosos. Todo ello en días consecutivos, y con la ventaja de que el actual president puede superar esa marca estratosférica en el futuro inmediato. El autismo político tiene un precio.
¿Cuántos directores generales han de entrar en el calabozo, para que puede hablarse de corrupción generalizada? Con trece detenidos, cabe hablar de un comportamiento arraigado. El inhibido Antich no necesitará disolver el Govern corrupto, la justicia le está haciendo el trabajo sucio que tanta alergia le produce. Con dos consellerias implicadas en sendos días, sólo le queda implorar a jueces y fiscales que se apiaden de sus subordinados. O si quiere algo más drástico, levantar barricadas con sacos de arena en los departamentos autonómicos, para bloquear a los policías que esposan a presuntos ladrones.
Como mínimo, Antich ignora lo que sucede a su alrededor, carencia que en un gobernante es peor que un crimen. El president ya no puede garantizar la inocencia de sus consellers más próximos. Ni siquiera un manifiesto sobre su propia pureza sería más fiable que la declaración de un concursante de Gran Hermano. Se hubiera ahorrado el ridículo –otra vez, en el mejor de los casos– que hoy encabeza si hubiera desalojado a UM de las instituciones en tiempos de Nadal. Tampoco reaccionó ante el primer detenido. El segundo le pilló revisando hoteles con el presunto corrupto. El PP balear, más bregado en las artes de robar y mentir, disfrazaría esa contumacia de persecución judicial.
UM ha batido ampliamente el porcentaje de detenidos del GIL marbellí, por no hablar del famoso partido vasco. ¿Dónde está la Ley de Partidos Políticos cuando se la necesita? En la Liga Norte militaban los alumnos aventajados de Munar y Nadal, el conflicto ético escondía una mera disputa por los mismos caladeros. Los amigos de tomarse la corrupción con humor pueden repasar el vídeo en que un Joan Sastre estelar y con más vedettismo que Norma Duval presenta las excelencias del stand en Fitur, situado en buena lógica frente al valenciano, de honda raigambre Gürtel. ¿Qué sorpresas les aguarda a quienes revisen el descabellado contrato de tres millones de euros anuales, hasta un total de nueve, con el multimillonario Rafael Nadal?
La responsabilidad de Antich es insalvable, y ya sólo puede consolarse sopesando si su agonía es más acentuada que la de Zapatero –el cual se despidió ayer de Estados Unidos–. El actual Govern cometió el mismo error de cálculo que el ejecutivo de Matas. No confiaba en la inmaculada condición de sus miembros, sino en su impunidad. Si la corrupción campaba a sus anchas en su seno, quién se atrevería a perseguirla en un colectivo tan seráfico. De este atolladero no se sale redactando un apéndice del código ético.
Carles Manera estaba demasiado ocupado persiguiendo forajidos extramuros del Govern, para concentrarse en los presuntos ladrones que cobijaba su presupuesto. La persistencia de la corrupción con Matas y con Antich viene acompañada por la labor infatigable de la intervención de la Comunidad para no detectarla. Si los controladores aéreos fueran tan ineficaces como los controladores de las cuentas autonómicas –comparación permisible por la equiparación salarial de ambos colectivos privilegiados–, Son Sant Joan registraría una catástrofe semanal.
Entretanto, los diez mil vírgenes de la política se encelan en el bizantino debate sobre la financiación ilegal de los partidos que roban, como si esas instituciones aceptaran una dimensión social por encima de la codicia de sus dirigentes. Es más sencillo, los altos cargos sacan dinero de las arcas públicas para quedárselo.