Reportaje. La salida de la recesión
ALBERTO MAGRO. PALMA.
Cada vez que octubre viste Mallorca de temporada baja, más de 40.000 trabajadores se van a la calle. Son camareros, cocineros, limpiadores, maitres y pinches, que cambian el despertador y el estrés del trabajador por el desasosiego y la desesperación de la cola del paro. En ella no estarán este año ni Javier Díaz ni Emilio Gándara, que en vez de enfundar la bandeja de camarero y la cuchara de chef hasta la próxima primavera decidieron convertirse ellos mismos en los brotes verdes de los que presume el Gobierno. Mejor plantarlos que sentarse a esperarlos, se dijeron y, con el apoyo del dueño del restaurante en el que trabajan, cogieron las riendas del negocio justo cuando los últimos turistas de la temporada turística de Cala Ratjada hacían las maletas hasta el próximo verano. "Nos dieron una oportunidad y la cogimos", explica Emilio Gándara, el cocinero, ante el asentimiento del dueño del restaurante Tampico, Miguel Morey, un veterano de los negocios que ha dado un paso adelante para plantar cara a la dichosa estacionalidad de la hostelería. "Llevo años diciendo que puede hacerse y ellos lo están demostrando. Yo sigo pagando el alquiler y los impuestos municipales, y ellos trabajan para ganarse su seguro y su sueldo. Lo que sacan es para ellos, que se lo han ganado", cuenta Morey, muy crítico con la falta de liderazgo político e institucional que impide que alternativas como la del Tampico sean más frecuentes.
Pero aún así son. Porque Emilio y Javier no son los únicos héroes de lo cotidiano que encaran con arrojo la peor crisis económica en 70 años. Cuesta encontrarlos, pero haberlos, haylos. En la nómina de titanes de las circunstancias figuran por ejemplo Tolo Salom y su hijo Toni, enfrascados en un pulso a cara de perro con el deprimido mercado de la automoción. Cuando las matriculaciones de vehículos en Mallorca caen, según datos de la patronal del sector (Anfac), a un ritmo del 29% interanual, Tolo y Toni tiran de arrojo para vender Ferraris rojos como el de Fernando Alonso. "Las ventas son un tercio de lo que eran antes de la crisis, pero nosotros seguimos comprando", detalla Tolo Salom, que habla de las oportunidades que genera la crisis: "Ahora los coches a nosotros nos salen más baratos, así que por ahí va bien", explica, abrazándose al optimismo para conducir su negocio por un circuito sembrado de baches. "Es que ahora se tarda mucho más en vender. Y claro, tenemos casos de coches en stock de antes de la crisis que ha habido que venderlos perdiendo dinero. Antes la rotación de los coches era cosa de dos meses. Ahora algunos tardamos hasta un año en venderlos. Pero seguimos en la brecha", cuenta. A su espalda reluce un parque de bólidos a la altura de cualquier jeque del petrodólar: junto al Ferrari 430 Spider que preside el escaparate brillan un Porsche 996 Carrera, varios Audi de nuevo cuño, algún que otro Z4 y un buen reportorio de Mercedes. "La verdad que la gama alta está funcionando mejor que otro tipo de coches. En eso tenemos la ventaja de que casi no tenemos competencia", matiza Salom. Quizá por ello en 500 Millas, que así se llama el negocio, se permiten el lujo de embarcarse en una reforma de sus instalaciones.
Por la senda del Oráculo
Los Salom, como los hosteleros Morey, Gándara y Díaz, se aplican, quizá sin saberlo, la principal máxima de Warren Buffet, el multimillonario estadounidense que desde hace décadas florece en el fango. "Se temeroso cuando otros son ambiciosos, y ambicioso cuando el resto sean temerosos", defiende el Oráculo de Omaha, un hombre que ha demostrado en cada recesión económica que es capaz de fabricar oro a partir de los escombros que quedan cada vez que se hunde la economía. Su forma de ver la vida y los negocios es la misma que la de Mohssin Yussuf, un parado marroquí que no ha querido hacer caso a las previsiones que, con el sello del ministerio de Trabajo, pronostican que a final de año uno de cada cinco inmigrantes serán carne de desempleo. Yussuf está seguro de que, para entonces, su nombre no estará en ese lista negra. Para asegurarse, hace unas semanas se arremangó la camisa y buscó un proyecto al que ayer le daba los últimos toques: una tienda de comestibles al pie de la calle Manacor. "Llevo años aquí trabajando y me quedé en paro. Ahora voy a tener mi propio negocio", relata, dándole un descanso al soplete con el que él mismo prepara la carpintería de aluminio del nuevo local. Es la otra de los nuevos negocios: hay que sudarlos. Aunque la ilusión ayuda, como recalca el propio Yussuf: "Lo que aquí en España llamáis crisis para mi es es el paraíso de las oportunidades". Así lo entiende también Javier Vellé, un emprendedor del mundo de la cultura que pronto será hostelero de pro. Junto a una socia, se ha hecho con el local de la antigua mercería Mari-lin, en el centro de Palma, para transformarlo en un café con vocación de original. "Será una cafetería distinta. Conservamos el nombre de la antigua mercería, en la que se vendían uniformes profesionales. Esa esencia quedará en los uniformes de los trabajadores, que se caracterizarán de forma original: habrá banqueros especuladores y políticos corruptos", adelanta, ilusionado con un proyecto al que lo que menos le falta es eso, ilusión. "Es que si tienes una idea en la que crees un poquito debes tirar para adelante con ella. Aunque debes autogestionarte, porque la administración no ayuda nada", denuncia, en referencia a la de tiempo que él y su socia han perdido buscando ayudas a emprendedores en instituciones como el Isba. "Les presentamos lo que pidieron. Nos metimos con montañas de papeleo y burocracia, enfangados en una maraña legal, pero solo nos hicieron perder el tiempo. Al final una caja de ahorros que debe tener una sola sucursal en Mallorca nos ayudó". Así que el nuevo Mari-lin abrirá en primavera para desafiar a la crisis.
Para entonces es muy posible que el francés Antoine Balick y su esposa Maricruz hayan puesto en marcha otra media docena de carnicerías francesas. Empezaron con una Boucherie el 25 de abril, cuando más fuerte era el temporal económico y más frágiles las esperanzas de recuperación. No se amilanaron. Cogieron el dinero de la venta de unas propiedades familiares y lo pusieron en el mercado de Santa Catalina, en uno de los puestos que la recesión dejó en la cuneta. Fue la primera Boucherie. La semana que viene abren la sexta. Estará en Madrid y, como las mallorquinas, permitirá crear empleo en la potencia mundial del paro. "En Palma tenemos tienda en Santa Catalina y el Olivar. Y hemos puesto otra en Llucmajor. Se han creado 22 puestos de trabajo y seguimos formando gente", cuentan, mano a mano, Balick y su hombre de confianza, un joven francés llamado David Drouet, que sintetiza en una palabra el éxito de un proyecto con apenas diez meses de vida: "La clave es la calidad", resume al lado de un mostrador en el que el aspecto de la carne elimina toda duda. "Traemos producto de Francia –aclara Drouet–. Tenemos buey de cuatro y cinco años, ternera francesa, charcutería de allí, en algunos casos importada y en otros elaborada por nosotros con receta francesa. Y luego el cerdo es porc negre mallorquín y el cordero es de aquí. Ahora vamos a empezar a venderlo en Madrid". Así que el éxito de las Boucherie es también el de Mallorca. Y su capacidad para sacar adelante un negocio explica en parte las diferencias entre la dolorosa lista del paro española y la controlada crisis económica francesa. "Estamos a punto de empezar a ser realmente rentables", declara satisfecho Balick, consciente de que no es fácil poner a funcionar un negocio en los tiempos que corren. Basta mirar las cifras para comprobarlo. Ayer el Instituto Nacional de Estadística ofrecía un informe demoledor: tras más de un año de crisis, la creación de empresas sigue cayendo en Balears, hasta el punto de que en noviembre de 2009 el número de firmas que vieron la luz en las islas se encogió otro 6%. Y llueve sobre mojado: el desplome aún no ha encontrado suelo. Al menos en Balears, porque mientras en la comunidad abrían sus puertas en un mes apenas 154 negocios, en el resto del país la actividad económica empezaba a coger ritmo: la creación de empresas repuntaba un 4,6%, convirtiendo en auténticos brotes verdes los 6.947 negocios que florecieron en un mes. Detrás quedaban los cadáveres de las 1.503 compañías que quebraron en ese noviembre, aciago para la industria, los servicios y la construcción.
Cuando resistir es vencer
Por eso, para muchos, resistir es ya en sí una heroicidad. Lo cuenta en primera persona Luis Orta, dueño de la promotora inmobiliaria Palau Roial, una de las pocas empresas constructoras que hoy construyen. "Al menos estamos en pie. Hay veces que el mejor remedio es tirar para adelante. Seguimos peleando con los bancos y las ventas van saliendo". Aunque caen por cuentagotas. Lo reconoce Orta, que nunca se había visto en una igual, pese a llevar ya catorce años a pie de obra. "La crisis de los noventa me cogió empezando y no fui muy consciente de ella", aclara. Y ofrece la receta para sobrevivir, que coincide en esencia con la de la mayoría de estos rebeldes de la crisis: "La clave es la calidad –apunta, repitiendo una frase oída a otros emprendedores–. Cuando la cosa se puso tan mal, encargamos un estudio de mercado para ver qué podíamos hacer para afinar bien. Si te estrujas el cerebro y le echas ganas y tiempo, se puede". "Y si se puede, se debe", añade Morey, el hostelero de Cala Ratjada que, como Buffet, decidió dar un paso adelante cuando el resto se retiraban. Su negocio se lo agradecerá. Y los trabajadores metidos a empresarios que pasarán el invierno lejos del frío de la cola del paro, también.