MAR FERRAGUT. PALMA.
"El viernes pasé con mi hijo por esta calle y él me dijo ´mira esa pared cómo está´, y había trozos en el suelo", contaba María Pons, "mejor vamos por en medio de la calle, me dijo". Eso fue el viernes. Apenas dos días más tarde, el edificio se desplomó.
Esta señora es una más de los muchos vecinos que ayer no se separó del cordón policial que clausuraba la calle donde ocurrió el derrumbe. Y también era una de las muchas vecinas y vecinos que aseguraban que lo ocurrido "se veía venir".
Nassira Chaouki regenta un negocio en una esquina de la calle Rodríguez de Arias, justo donde empezaba la zona de acceso restringido. Said, el chico que trabaja para ella en el locutorio, se lo advertía: "Me decía que fuera con cuidado, que no pasara por ahí, pero yo me reía". Esta joven madre, que conocía a los fallecidos, asegura que se reía porque "confiaba en el Ayuntamiento".
Nassira, al igual que otros tantos vecinos, pensaba que técnicos de Cort habían revisado el edificio hacía unas dos semanas y estaba segura de que no habían encontrado ningún peligro, porque de lo contrario hubiesen cerrado la zona.
´Pasamos con nuestros hijos´
"Pasamos cada día con nuestros hijos", explicaba con su pequeño en brazos. "Si el edificio no estaba bien, ¿ por qué no pusieron una cinta para que no pasáramos por ahí?". Nassira no lo podía entender. Mientras ella hablaba con este diario, entró en el locutorio una vecina indignada con una tarjeta en la mano: era una propaganda de una empresa especializada en inspecciones técnicas de edificios.
"Ahora", recalcaba, "ahora me han dejado esto; justo hoy que ha pasado esto se acuerdan de las inspecciones", decía Isabel Márquez con tono incrédulo, pensando que era el Ayuntamiento quien le había dejado la nota, como si de una broma de mal gusto se tratase.
El mal estado del edificio "era algo que se comentaba en el barrio", confirmaba Marcos Ponce, "había trozos por el suelo". Este hombre, que vive en un edificio en la misma calle y que por prudencia decidió irse, señalaba otro inmueble de la plaza Serralta y auguraba: "Y esté también se caerá". Para él, igual que para otros muchos residentes de la zona, la culpa del siniestro la tiene la falta de previsión y la humedad de la lechería, el local que estaba en los bajos desde hacía más de 50 años.
"La lechería igual llevaba treinta años sin abrirse", denunciaba María Espinar, presidenta de la Asociación de Vecinos Camp d´en Serralta, "a saber cómo estaría". Al preguntarle por el estado en general de las infraestructuras del barrio, María aclaraba que a los vecinos "nunca nos dicen nada sobre eso", pero señalaba con el dedo otro edificio de la plaza y decía "basta con que mires eso para ver cómo está la cosa".
Joana Lozano pasa cada día por Rodríguez Aria y para ella también estaba claro que iba a suceder algo así: "Todos sabíamos que era un peligro total, lo vimos", aseguraba rotunda. "Caían piedras al suelo de este tamaño", indicaba abriendo los brazos casi un metro.
´Caían piedras´
Para los vecinos era una evidencia que iba a acabar sucediendo una desgracia. "Cuando caminabas por allí, siempre lo decíamos: ´se caerá´ ", insistía Paquita Díaz, recordando que no sólo es que cayeran "piedras", es que en la fachada "había una grieta por la que podías meter la mano".
Varios ciudadanos de los que viven por allí tenían esa misma imagen, y se expresaban exactamente con los mismos términos, de ´una grieta por la que podías meter la mano´; aunque al final de la mañana alguno ya hablaba de una grieta por donde podías meter hasta la cabeza.
"Es por la humedad, el edificio era de marès", razonaba Victor J. de la Oliva; "tenía defectos, y estos edificios si no se inspeccionan...", añadía este vigilante de seguridad que responsabilizaba de lo ocurrido al ayuntamiento de Palma en exclusiva.
Y es que por las calles del barrio Camp d´en Serralta ayer circulaban nervios, dudas, lágrimas y una sentencia: esto no ha sido una fuga de gas, la responsabilidad es del Ayuntamiento. María Espinar aseguraba que los vecinos se sentían "engañados" después de la visita de Aina Calvo e indicaba que no entendía "cómo se permite venir con ese tono de alcaldesa cuando no se han preocupado antes".
El consistorio estuvo en el punto de mira de la mayoría de los residentes. Judith Hernández, una joven que conocía a uno de los fallecidos, recordaba que el edificio en realidad "no era tan viejo" como para que se cayera como ha pasado, aunque confirmó que "se notaba" que el inmueble no estaba en buenas condiciones. Según ella, el resto de construcciones en general "están bien". Judith comentaba que hace unos cuantos años "lo pintaron por la grieta", pero señalaba que eso en realidad no servía para nada.
En el bar Gorg Blau, en la plaza Serralta, también hablaban de un "lavado de cara" del edificio. "Le hicieron un apaño", señalaba Fernando Sánchez, el dueño del local y amigo del matrimonio alemán que pereció en el derrumbe, pero la realidad es que el edificio "estaba todo desconchado".
Así como hubo gente que aprovechó la ocasión para criticar el carril-bici y otras acciones de Cort, Víctor Guerra aprovechó para lanzar una crítica al Plan E: "Que hagan todas las rehabilitaciones necesarias y menos levantar la calle: en Alcalá Zamora hay dos finquitas que están apuntaladas desde hace cinco años".