MAR FERRAGUT. PALMA.
Todo comenzó con cinco familias. Ayer ya eran casi un centenar las personas que se manifestaban para pedir ayudas para los afectados de trastorno mentales graves. Con motivo del Día de la Salud Mental, que se celebra el 10 de octubre, el conseller de Salud, Vicenç Thomàs, recibió el año pasado a esas cinco familias con "muy buenas palabras y promesas".
Un año más tarde, las familias se sienten desamparadas y estafadas, pues no han visto que hayan aumentado las plazas en residencias ni los pisos tutelados, ni que se hayan firmado convenios con empresas para fomentar su empleo, ni que haya más recursos para mejorar la formación de este colectivo. Lo único que ha crecido este año ha sido el descontento y la indignación.
Así lo explicaba Josep Serra en el recibidor de la Conselleria, mientras otros familiares de afectados por estas dolencias entregaban en secretaria una lista con sus demandas. "Han dicho que nos citarán", decía Luisa Ortega, no con muchas esperanzas. Ese fue el colofón de la marcha reivindicativa que partió desde las Ramblas.
"Somos como fantasmas", apuntaba Xisca Bauzà mientras subíamos Oms, "es como si no nos vieran". A su lado, su marido Llorenç Llorente caminaba con aire ausente. "Tiene depresión obsesiva compulsiva", aclaraba Xisca, "está todo el día en casa, no hace nada y a veces no puede quedarse solo". Llorenç fue un tiempo a una comunidad de rehabilitación en la que hacía actividades "pero cuando vieron que estaba un poco bien le dieron de alta: es de la seguridad social y hay pocas plazas".
Su marido, que lleva arrastrando este trastorno desde hace una treintena de años, ha recibido todo tipo de terapias (desde electroshock hasta estimulación magnética), pero no le fueron bien. Tiene reconocida un 70% de minusvalía y muchas veces si no fuera por Xisca ni se ducharía o no comería, pero la ley de Dependencia no incluye a estos enfermos mentales. Son dependientes, pero no cuentan.
Ésa era otra de las quejas que los manifestantes llevaban en sus pancartas, en las que también demandaban apoyo psicológico para los familiares. Y es que estas enfermedades desgastan mucho a unos cuidadores que encima no encuentran el respaldo que necesitan en las instituciones.
El hijo de Catalina Colom tiene esquizofrenia y ha estado tres años haciendo talleres en el centro de Son Gibert. "Se ventaba, iba, volvía, se movía... le ha ido muy bien", contaba esta mujer de 82 años que lamentaba que le hayan dado de alta para darle la plaza a otro. "Ahora está inactivo todo el día", apuntaba con preocupación.
Y es que lo que piden estas personas –ayudas para insertarles laboralmente, formación, talleres...– no es por capricho. Ayudarles a llevar una vida "normal" y la medicación son las claves para que se mantengan estables. Entre los manifestantes, se oía una frase que se repetía como una maldición: "Es como si no existiéramos".