MATIAS VALLES. PALMA.
Cada vez que Antich gobierna Balears, aprovecha el ecuador de la legislatura para anunciar la destitución de dos consellers. En la primera edición, los nominados fueron Josep Antoni Ferrer y Misericòrdia Ramon. Obligado a adoptar una decisión violenta tras meses de placidez, el president se enreda y desaprovecha la iniciativa. Unicamente puede remover a los cargos del PSOE –y sólo a algunos de ellos–, por lo que la crisis evidencia la desestructuración del Govern, con los comisarios políticos de los distintos partidos zancadilleando cada departamento a fin de garantizar la inoperancia del entramado.
La crisis económica ha familiarizado a la población con los bancos zombis, muertos vivientes que continúan operando y entorpeciendo los flujos económicos. La deliberación de Antich, que un observador poco avisado confundiría con desidia, mantiene en el Govern durante plazos dilatados a los ex consellers –Bárbara Galmés y María Angeles Leciñena, como mínimo–, en la confianza de que su caducidad no estorbará a los supervivientes ni se distinguirá demasiado de ellos. Mientras la música suena, hay que seguir bailando, pero el rigodón de las destituciones se complica cuando ya se ha proclamado a los sustitutos. En vez de ahorrar cargos, los multiplican.
¿Hay que dirigir las preguntas sobre la gestión cultural a Pilar Costa, o debe encerrarse la futura consellera en un mutismo sepulcral, mientras la futura ex consellera mantiene un amago de actividad y alarga una faena concluida hace tiempo sin pena ni gloria? Antes que hacer efectivo el desahucio, Antich preferiría que la entrante y la saliente ejecutaran el relevo sin importunarle y sin prisas, una semana de éstas. El president se alinea con el categórico "a mí no me hacen una crisis los periodistas" de Felipe González, pero el tono le brota aflautado. Incluso Zapatero tuvo que precipitar una remodelación desenmascarada por la prensa. Su hombre en Balears nunca se siente comprometido ni apremiado.
Nada paraliza un Govern como el anuncio de una remodelación. El cargo de conseller se ha desvinculado en Balears de la acción, para limitarse a un rasgo de currículum. Leciñena y Galmés desaparecerán sin más rastro que las aulas prefabricadas. Una vez confirmada la destitución de la segunda, sus allegados podrán cargar con desembarazo contra el esposamiento de los presuntos responsables de evaporar diez mil millones de euros en el Palma Arena. Antich seguirá instalado en su precario Govern de puertas abiertas. No se molestaría demasiado si Galmés y Leciñena siguen revoloteando por las reuniones, en el aniversario de Woodstock.