M. MANSO / X. PERIS. PALMA.
Un mes después, unas vallas metálicas amarillas colocadas en los extremos de la calle na Boira impiden el paso a los viandantes y los coches particulares. Un guardia civil vigila los todoterreno y vehículos verde oliva aparcados en esa sucursal provisional de la Benemérita. El joven uniformado porta un chaleco antibalas, una de las novedades en materia de seguridad incorporadas tras el doble asesinato.
Por la puerta de esa ´sucursal´ sale uno de los agentes que le debe la vida a un camión de Coca-Cola que circulaba por allí e interceptó la metralla. Hace exactamente 31 días fallecieron en na Boira los jóvenes Diego Salvà y Carlos Sàenz de Tejada, las dos primeras víctimas de la historia de ETA en Mallorca. Desde entonces, los guardias civiles han tomado conciencia de la vulnerabilidad con la que trabajaron hasta aquel fatídico jueves a la una y media de la tarde. Lo peor es que después del estallido, se siguen sintiendo indefensos.
El vigía de la calle, con suma educación, gestiona el tráfico y desvía a los residentes que acuden al centro de atención primaria contiguo. Sólo permite el tránsito a quienes les delata su mala salud. El resto, da un rodeo. Antes del 30 de julio, la vía estaba abierta al tráfico y nadie cuidaba los coches patrulla. Después del doble asesinato, revisa con un espejo el chasis de los vehículos que acceden al cuartel. "Ahora cumplimos lo que aprendimos en la Academia", confiesa un compañero. Durante muchos años, admite, descuidaron su propia protección, convencidos de vivir en una isla-búnker. "Ahora nos sentimos vulnerables. Incluso todavía hoy puede venir un chaval y metérnosla otra vez", presupone. La muerte de Diego Salvà y Carlos Sáenz de Tejada no ha conllevado un alud de material tecnológico preventivo. "Ni se han instalado cámaras de vigilancia ni inhibidores de frecuencia para impedir bombazos a distancia", tercia otro agente.
A falta de una protección más firme, han ganado en afecto. "La gente nos da el pésame y parece que nuestra presencia ya no molesta, como ocurría antes", relata. En el mismo lugar donde saltó por los aires el Nissan Terrano se levanta una especie de capilla laica. Sobre una mesa convergen cirios, fotos de los muertos y un libro de dedicatorias con casi todas las páginas usadas. La capillita se completa con banderas de diversos países: Alemania, Reino Unido, España o Suecia. Los asesinos se habrán llevado las manos a la cabeza al ver dos enseñas de territorios a los que se creen tan afines: Escocia e Irlanda. Para colmo de los terroristas, también hay un confalón del Osasuna.
En el centro de salud adyacente pasa consulta el doctor José Luis Pilco. Peruano y residente en Mallorca desde hace más de 30 años, fue uno de los primeros sanitarios en atender a los guardias civiles. No pudo hacer nada. En el mismo instante en que escuchó el estruendo atendía a una niña. "Vaya, una bombona de gas, dijo la madre de la menor", recuerda Pilco. De repente, todo lo impregnó un olor muy raro que el galeno atribuye a la sustancia explosiva. Pilco relata los hechos acaecidos aquel día con una imperturbabilidad que atribuye al hábito de convivir con situaciones límite. "Hemos seguido con nuestra rutina aunque los chicos [en referencia a los guardias civiles del edificio contiguo] están dejados de la mano de dios", resume. A la misma conclusión llegó la madre de Sáenz de Tejada. "Las casas cuartel son tercermundistas", dijo recientemente.
Del ataque lanzado desde el corazón del todoterreno todavía quedan muestras palpables. La gran mancha dejada por el cuatro por cuatro desprende un fuerte olor a aceite quemado. Los pisos más próximos pertenecen a una promoción de viviendas sin vender y conservan los cristales rotos y marcas negras en su fachada color yema.
A un kilómetro de la calle na Boira, se prohíbe aparcar los coches frente a la puerta de una especie de vivienda unifamiliar humilde de color blanco denominada cuartel. Allí reventó sin consecuencias otro Nissan gemelo. Unos operarios recomponían el pasado jueves un murete destrozado por el artefacto. Sus inquilinos, los guardias civiles, enumeran las carencias de corrido: faltan linternas, los walkie-talkie no funcionan en muchas zonas de sombra de Calvià, no hay cámara de seguridad, los calabozos están a un palmo de los uniformados...
Un portavoz de la Asociación Unificada de Guardias Civiles (AUGC) se pregunta por qué no tienen derecho a unas dependencias como las de la oficina del Catastro de Palma, por decir unas instalaciones de la Administración Central. O por qué edificios con armamento en su interior están privados de videocámaras y vigilancia estática. "¿Acaso los cuarteles de Esporles, Binissalem, Sóller no están igual que los de Palmanova?", sigue interrogándose. "Al final de la legislatura de Aznar existía un déficit de personal. El nuevo Gobierno lo corrigió con más incorporaciones pero sin dotarles de medios. [...] Sale más barato una medalla a título póstumo que la inversión en infraestructuras", colige.