M. FERRER/ M. FERNÁNDEZ/ B. PALAU. PALMA.
A estas alturas, no hace falta esperar la sentencia del caso Palma Arena para concluir que la improvisación fue desde el principio la seña de identidad del velódromo, impregnando toda su trayectoria.
Los responsables de su construcción, empezando por el anterior presidente del Govern, Jaume Matas, tenían pánico a que llegara el 29 de marzo de 2007 y Palma no tuviera lista la instalación para albergar el Mundial de ciclismo en pista, por lo que en demasiadas ocasiones se saltaron a la torera los plazos técnicamente necesarios y los procedimientos administrativos que debían regir en un proyecto de esta índole.
Aparte de las múltiples deficiencias de infraestructura, las prisas también estuvieron a punto de causar un disgusto a la organización del campeonato del mundo de ciclismo. El arma utilizada para dar el pistoletazo de salida a la competición fue adquirida la misma jornada que se inauguraba el Mundial. Así se deduce de una factura encontrada por la Policía durante el transcurso de la investigación por presunta corrupción en torno al Palma Arena.
El 29 de marzo de 2007, se compró en una armería de Palma un revólver Blow 38 Magnum negro, de 9 milímetros de calibre. Al tratarse de un arma exclusivamente de fogueo, parece deducirse que su fin sólo era dar el sus a los ciclistas, si bien no se hace mención expresa de ello en la documentación incautada por los agentes.
El recibo fue expedido a nombre del consorcio para la construcción del velódromo de Palma, que también incluye la compra de cuatro balas de fogueo que costaron 68 euros. El precio de la pistola, por su parte, fue de 95 euros. Total: 163 euros.
El dinero para pagar el arma se sacó de una caja que custodiaba la secretaria del entonces gerente del consorcio, Jorge Moisés, imputado entre otros delitos por presunta malversación de dinero público. En dicha caja se metían periódicamente sumas entre los 3.000 y 4.000 euros –según ha declarado la empleada pública–, que servían para abonar todos los gastos que le ordenaba Moisés. Un vistazo a los justificantes entregados desvela pagos menos bélicos que la pistola de marras. Por ejemplo, suculentas comidas y cenas en conocidos restaurantes de Mallorca, que elevaban las cuentas a 462,24 euros, 307,84 euros o 253,65 euros.
En teoría, todo el dinero que salía de la caja para éstas y otras dietas era anotado en un libro de contabilidad, y debía quedar copia de los resguardos, aunque los investigadores no han podido encontrarlos todos. En cualquier caso, la facilidad para colar facturas ajenas al ente público queda patente con este débil sistema de control. Toda una muestra, al igual que la compra in extremis de la pistola, de cómo funcionaban los gestores del velódromo ahora bajo sospecha.