M. G. D. PALMANOVA.
A menos de 48 horas del atentado, Ventura Ruiz todavía no puede creer que él y su hijo Aitor, de tres años, se hayan salvado "por los pelos". "Yo venía detrás del coche patrulla. Esperé que aparcaran y luego estacioné mi vehículo delante del de ellos. Me bajé, saqué a mi niño de la sillita y cerré el coche. Comenzamos a caminar hacia la oficina del Infoc y, como al minuto, escuchamos la explosión. Lo vimos todo: el humo, los cuerpos...", rememora Ventura, aún muy consternado y con necesidad de contar lo que pasó, de hacer catarsis.
Su hijo Aitor, que le está escuchando, le dice: "¿No es cierto, papi, que eran petardos?", y Ventura le responde: "Claro, mi amor, como en la nochevieja...". Y le explica a esta redactora en voz baja, para que el niño no escuche: "Se ha quedado traumatizado, le cuesta dormir. Por eso le hemos dicho miles de veces que la explosión fue como un petardo gigante. Estamos pensando en llevarle a un psicólogo porque tenemos miedo de que no lo supere".
"Nos salvamos de milagro. Por poco casi tengo que recoger a mi peque en pedacitos", dice mientras mira el lugar de la explosión, y sin poder creer, todavía, que haya tenido que vivir algo así. "No sé dónde está mi coche. Vengo a preguntar adónde se lo han llevado", asegura.
Seguidamente, uno de los guardias civiles que está escuchando la conversación, le pide a Ventura el número de la matrícula de su coche, a ver si puede darle algún tipo de información. Y éste retoma la charla con la redactora de este periódico. No puede parar de hablar: "Aún no lo puedo creer, nos salvamos de milagro. Cada día paso por aquí, he aparcado en este lugar cientos de veces... De solo pensar que le podría haber sucedido algo a mi hijo...".
Y mira el lugar de la explosión desde las vallas, titubeando y como no atreviéndose a pasar. Y parece que no se anima, pues después de un rato se va caminando en compañía de su hijo.